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Cuando un país olvida quién es

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Por María José Mazocato.

«Comprender una sociedad exige mirar el mundo a través de los significados compartidos con los que esa comunidad interpreta su realidad.”

Marc Howard Ross

Hay momentos en la historia de los pueblos en los que las elecciones dejan de ser una competencia de proyectos y se convierten en el reflejo más crudo de una crisis cultural. Perú parece estar atravesando uno de esos momentos.

La posibilidad de que figuras con antecedentes profundamente cuestionados vuelvan a disputar el poder no es únicamente una anomalía electoral. Es, quizás, la expresión más visible de un fenómeno más profundo, la de un oxímoron político.

Un oxímoron es una contradicción que convive en una misma realidad. En política ocurre cuando una sociedad exige honestidad pero premia la corrupción; cuando reclama instituciones fuertes mientras deposita sus expectativas en dirigentes que las debilitaron; cuando busca un futuro diferente recurriendo a los mismos actores que construyeron el presente que rechazan.

Perú lleva años atrapado en una inestabilidad permanente. Presidentes destituidos, escándalos de corrupción, enfrentamientos institucionales y una ciudadanía cada vez más distante de la política han erosionado la confianza pública. Sin embargo, el problema parece ir más allá de los nombres propios.

La fragmentación política peruana es también una fragmentación cultural. Una ruptura del relato colectivo que alguna vez permitió imaginar un destino común.

José Carlos Mariátegui sostenía que las naciones no se construyen únicamente sobre territorios o instituciones, sino sobre mitos compartidos. Cuando esos mitos desaparecen, la política deja de ser un proyecto de futuro y se transforma en una disputa inmediata por el poder.

La paradoja peruana es precisamente así, una sociedad con una de las herencias culturales más ricas de América Latina parece incapaz de traducir esa riqueza en un horizonte político común. Entre la memoria del Imperio Inca, las heridas de la violencia interna, el centralismo limeño y las profundas desigualdades sociales, el país parece debatirse entre identidades que conviven pero no dialogan.

En ese contexto, los candidatos dejan de representar proyectos y comienzan a funcionar como síntomas.

La pregunta ya no es por qué determinados dirigentes llegan nuevamente a disputar el poder. La verdadera pregunta es qué ocurre con una sociedad cuando considera que esas son las únicas alternativas posibles.

El peligro no radica solamente en quién gane las próximas elecciones. El riesgo más profundo es la normalización de la contradicción. Cuando una comunidad acepta que la corrupción es inevitable, que la polarización es permanente y que el deterioro institucional es parte natural de la política, el oxímoron deja de ser una excepción para convertirse en una forma de gobierno.

Las elecciones peruanas podrían convertirse así en algo más que una contienda nacional. Podrían ser una advertencia para toda América Latina.

Porque cuando los pueblos pierden la capacidad de reconocerse en su propia historia, terminan buscando respuestas en quienes ya demostraron ser parte del problema.

Y pocas cosas son más peligrosas que una democracia que ha olvidado su propia memoria.

 

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