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La crisis de la imaginación

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Por José Mariano. 

«El problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era.»

— Paul Valéry

¿Cuándo fue la última vez que imaginamos un futuro mejor?

No una innovación tecnológica. No una nueva aplicación. No una máquina más rápida. 

Un futuro mejor.

Una forma distinta de organizar la vida, el trabajo, la educación, la política o la convivencia.

La pregunta parece sencilla. Sin embargo, cada vez resulta más difícil responderla.

Durante buena parte de la modernidad las sociedades vivieron impulsadas por imágenes del porvenir. La democracia prometía un futuro. El liberalismo prometía un futuro. El socialismo prometía un futuro. Incluso quienes se enfrentaban compartían la convicción común de que mañana podía ser diferente al presente.

Hoy esa certeza parece haberse esfumado.

Vivimos rodeados de información, conocimiento y tecnología como ninguna generación anterior. Sin embargo, cada vez nos cuesta más imaginar un futuro que no adopte la forma de una amenaza. Nos resulta sencillo imaginar guerras, colapsos financieros, catástrofes ambientales, sistemas de vigilancia permanente o inteligencias artificiales fuera de control. Lo que parece haberse vuelto imposible es imaginar una forma mejor de vivir juntos.

Quizás por eso nuestra época se encuentra tan obsesionada con el pasado.

La nostalgia se ha convertido en una de las industrias más exitosas de nuestro tiempo. Volvemos una y otra vez sobre las mismas imágenes. La universidad que fue. La política que fue. La comunidad que fue. El país que fue. Como si la única alternativa posible al presente consistiera en reconstruir una versión idealizada de algo que ya ocurrió.

Pero mientras discutimos el pasado, algo está ocurriendo delante de nosotros.

Las instituciones que organizaron gran parte de los últimos dos siglos atraviesan una crisis persistente. Los partidos políticos perdieron legitimidad. Los medios ya no monopolizan la producción de sentido. Las universidades son cuestionadas. Las estructuras políticas parecen correr detrás de transformaciones que no terminan de comprender.

La explicación habitual sostiene que estas instituciones funcionan mal. Pero tal vez la pregunta correcta sea otra.

¿Y si el problema no fuera que funcionan mal? ¿Y si el problema fuera que siguen funcionando exactamente como fueron diseñadas mientras el mundo para el que fueron diseñadas comienza a desaparecer?

Durante demasiado tiempo pensamos que la historia consistía en perfeccionar las instituciones existentes. Más educación. Más democracia. Más desarrollo. Más tecnología. La discusión giraba alrededor de cómo mejorar el sistema. No de cómo reemplazarlo.

Sin embargo, algo está cambiando.

Las formas de producir riqueza ya no son las mismas. Las formas de acumular poder ya no son las mismas. Las formas de ejercer control ya no son las mismas. Las formas de producir conocimiento ya no son las mismas.

Y cuando cambian las fuerzas que organizan una época, tarde o temprano también entran en crisis las instituciones que intentaban administrarla. Quizás por eso muchas de las discusiones que hasta hace poco parecían marginales comienzan a desplazarse hacia el centro del escenario. No necesariamente porque hayan demostrado ser correctas, sino porque las certezas del período anterior parecen haber comenzado a agotarse.

Pero hay algo más.

Durante siglos la política organizó sus disputas alrededor de proyectos. Los conflictos eran intensos, pero estaban subordinados a una pregunta compartida: ¿qué sociedad queremos construir?

Hoy esa pregunta parece haber sido reemplazada por otra.

¿A quién debemos derrotar?

La dialéctica amigo-enemigo se ha convertido en el lenguaje dominante de nuestro tiempo. Todos parecen saber quién representa la amenaza. Todos parecen tener perfectamente identificado al responsable de los problemas. Lo que cada vez cuesta más encontrar es una descripción convincente del mundo que vendría después de la victoria.

La política conserva la capacidad de producir indignación. Lo que parece haber perdido es la capacidad de producir imaginación.

Y cuando una sociedad deja de imaginar futuros, termina organizándose alrededor de adversarios.

Poco a poco dejamos de discutir proyectos para concentrarnos en identidades. Cada grupo aprende a reconocer con precisión los errores de los demás, pero pierde la capacidad de examinar los propios. La complejidad desaparece. El mundo se divide entre los que tienen razón y los que están equivocados. Entre los nuestros y los otros. Entre quienes deben ser escuchados y quienes deben ser derrotados.

Pero la imaginación necesita algo que la polarización no puede ofrecer.

Necesita complejidad. Necesita matices. Necesita contradicciones. Necesita mundos posibles.

Las sociedades no se sostienen únicamente por leyes o instituciones. También necesitan un imaginario compartido. Una imagen de sí mismas y del mundo que desean construir.

La crisis de nuestro tiempo no parece ser solamente institucional. También es una crisis del imaginario.

Hemos conservado las estructuras. Hemos conservado las tecnologías. Hemos conservado las organizaciones. Lo que parece haberse debilitado es la capacidad colectiva para producir mundos posibles.

Y si dejamos vacante el futuro, alguien más termina ocupándolo.

Empresas tecnológicas, laboratorios de inteligencia artificial, nuevas élites económicas, plataformas digitales y actores que hace apenas unos años parecían periféricos comienzan a producir imágenes del mundo que viene. Ya no administran únicamente recursos. También producen narrativas. Hipótesis. Visiones del porvenir. Relatos de un nuevo orden.

Lo peligroso no es que aparezcan nuevas respuestas. Lo peligroso es que todavía no comprendemos las nuevas preguntas.

Porque antes de haber entendido completamente el mundo que nos formó, ya estamos entrando en otro. Un mundo donde las categorías que organizaron el siglo XX envejecen más rápido que las personas que todavía las utilizan.

Un mundo donde el poder, el dinero, la información y el conocimiento comienzan a reorganizarse de formas que apenas empezamos a reconocer.

Mientras discutimos el pasado y administramos las crisis del presente, el futuro sigue avanzando.

La pregunta es quién lo está imaginando.

 

 

Esto es Fuga.

Edición 55

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