Por Elina Ibarra.
Entre los años ’60 y ’70 los movimientos de desobediencia civil recuperaron la figura de Sócrates como el precursor de la resistencia frente a la autoridad. Pero esta elección no hizo sino desatar la controversia en torno a la coherencia de esta figura. La desobediencia y la postura de Sócrates frente a las leyes se dividen en dos momentos cruciales: el primero, su negativa a obedecer una orden injusta del régimen de los Treinta Tiranos en Atenas; el segundo, su decisión final de aceptar la condena a muerte dictada por la democracia ateniense, priorizando el respeto a las leyes.
El Sócrates dispuesto a desafiar las órdenes, es aquél que durante el régimen oligárquico, rechaza una orden directa de arrestar a un ciudadano inocente (León, El Salamino) quién iba a ser ejecutado. En lugar de obedecer una orden que consideraba inmoral y tiránica, se negó y optó por arriesgar su propia vida. Este hecho es narrado por él durante el proceso del año 399 a. C., en el que fue enjuiciado por un tribunal democrático bajo los cargos de corromper a los jóvenes e impiedad. Sócrates sostiene en la Apología:
“Los tiranos ordenaban tales cosas a menudo a muchos otros, queriendo tomar como cómplices a la mayor cantidad posible de gente. Sin embargo, en esa ocasión yo manifesté, no con discursos sino con hechos, que no me preocupaba la muerte —si se me permite hablar sin eufemismos— ni nadie, sino que no realizaría nada injusto ni impío, y que sólo de esto me cuido. Porque aquel poder, aún siendo fuerte como era, no me atemorizó como para que llevara a cabo algo injusto.” (Platón, 1988: 155, #32b-e)
Esta conducta está motivada por una “voz divina” (debe entenderse: voz interior, hoy equivalente a la “voz de la consciencia”), que lo disuade de actuar. Nunca lo impulsa a hacer, sino a abstenerse de algo, de retirarse. Por esta razón, sostiene Sócrates, decidió no participar en política, ya que esta es muy peligrosa. Recomienda que si alguien quiere combatir por una Polis justa, debe hacerlo privadamente, nunca en el espacio público. Según esta descripción, la desobediencia de Sócrates se correspondería con lo descripto en la caracterización de la objeción de consciencia, una figura acorde a la demanda simbólica de los movimientos pacifistas y abstencionistas de los años ’60 y ‘70.
El Sócrates obediente, siervo de las leyes, aparece tras ser declarado culpable y condenado a beber la cicuta: sus discípulos organizaron un plan para que escapara de prisión y se exiliara. Sin embargo, en el diálogo platónico Critón, en el que se narran estos sucesos, no sólo El Filósofo renuncia a evadirse tajantemente, sino que da las razones por las que se debe obedecer las leyes. Esta postura no sólo vuelve difícil utilizar la figura de Sócrates como símbolo de la resistencia, sino que parece afectar también la coherencia de su pensamiento y conducta. Sin embargo, veremos que aún persiste, en su obediencia, un gesto de profunda rebeldía.
La clave de lectura está claramente planteada en otro diálogo, el Gorgias. Sócrates, en una discusión con Polo, defiende que cometer una injusticia es peor que padecerla, porque la injusticia corrompe el alma del que la comete, mientras que quien la sufre no se ve moralmente dañado. Por eso, si tuviera que elegir entre ambas situaciones, preferiría ser víctima antes que verdugo. Y concluye: «Porque el mayor mal es cometer injusticia». Esta postura es central en la ética socrática, y aparece en este escrito platónico de madurez, claramente formulada: «No quisiera ni lo uno ni lo otro; pero si fuera necesario cometerla o sufrirla, preferiría sufrirla en vez de cometerla», (Platón, 2006: 57, #469c). A diferencia de los otros dos diálogos en cuestión —Apología y Critón— son diálogos tempranos o del Platón joven. En estos, la postura ética socrática aparece entre otros argumentos y, por esta razón puede haberse generado la aparente contradicción.
Entonces, este criterio de conducta está evidenciado en el relato de la desobediencia de Apología, en la que, actuó según este criterio incluso corriendo peligro de muerte. Esta misma convicción es la que va a mantenerlo al margen de los asuntos de la política, ya que esta, a sus ojos, no es ámbito seguro para aquellos que tratan de impedir las injusticias (Platón, 1988: 154, #31d). Pero esto no significa que se quedará en silencio, impasible e indiferente frente a la evidenciada decadencia de la Atenas de su tiempo.
Desde fuera de la arena política, pero como buen ciudadano, se dedicará a ser el tábano, insecto molesto y persistente que aguijonea constantemente a la gran yegua (Atenas) descrita como un animal grande y noble, pero perezoso, adormecido en sus laureles y complaciente con sus costumbres. Así, con sus incisivas preguntas, Sócrates incomodaba a los atenienses poderosos y pensadores, obligándolos a despertar de su letargo intelectual y moral (Platón, 1988: 151, #32c). Para ello utilizaba un método (la mayéutica) dialógico, en base a preguntas y argumentos, a través del cual buscaba que las personas examinaran sus propias vidas y dejaran de aceptar dogmas ciegamente, fomentando así el pensamiento crítico.
¿Cómo se conjuga esta postura desobediente de Apología con la obediencia y respeto a las leyes, aún a costa de su propia vida en Critón? La justificación de esta conducta de obediencia puede plantearse desde diferentes puntos de vista que contribuyen a demostrar la coherencia de Sócrates. La primera de ellas se corresponde con la máxima del Gorgias, expresada en la discusión con Critón, bajo la consigna socrática de que “vivir es vivir rectamente”, lo que implica no cometer injusticia (Platón, 1996: 149, 48b-e). Critón sostiene que de rehusarse a escapar y beber la cicuta se estaría cometiendo una injusticia contra él. Sócrates advierte que también huir al exilio sería injusto (ir contra las leyes que él mismo había aceptado y contribuido a crear antes), pero en este caso, él mismo la estaría cometiendo voluntariamente. Así que si se encuentra entre dos injusticias: una, la que otros cometen contra él y; otra, la que él cometería si escapara a Tesalia. La respuesta mantiene coherencia: es preferible padecer una injusticia que cometerla, porque quien la comete vive en la vergüenza y eso lo convierte en un miserable.
Un segundo argumento que muestra la continuidad de su pensamiento es que en ambos casos el temor a la muerte no fue suficientemente disuasoria. Siempre se antepuso la convicción de no cometer injusticia y el coraje para no ceder, aunque ello significara poner en riesgo su vida. En este caso en particular, se debe señalar que también su muerte puede interpretarse como el “retiro” de la vida política —definitivo, en este caso— al que se refiriera en Apología, como un ámbito indeseable para los justos. Tomar la cicuta es su modo más radical de “renuncia” a participar de los asuntos de la Polis corrupta.
Otro argumento en pos de la coherencia está en relación, ya no con el contenido sino con la forma de producción con las leyes. Una cosa es obedecer la orden de un régimen de tiranos y otra, muy diferente, desobedecer las leyes de la Polis democrática. En este caso, en Critón, Sócrates habla por las leyes (momento del diálogo conocido como “la prosopopeya” en la que ellas toman la palabra). Allí muestran tres lazos estrechos entre ellas y los ciudadanos (ausentes en las órdenes de los tiranos): la conexión interdependiente entre la existencia de las leyes producidas en el seno de la Polis con la participación de los ciudadanos, el beneficio que reciben estos sería injustamente retribuido con desobediencia y, el compromiso implícito de su condición de ciudadanía:
“Eso sí: aquel de ustedes que permanezca, tras ver el modo en que impartimos justicia y en que administramos todas las cosas del Estado, de hecho ha convenido con nosotras –afirmamos –hacer las cosas que nosotras ordenamos. Si este, entonces, no obedece, sostenemos que es culpable triplemente: primero, porque somos sus progenitoras y no nos obedece, en segundo lugar porque habiendo convenido en persuadirnos cuando considerara que no obramos bien no nos persuade ni nos obedece. Y el caso es que no disponemos ni prescribimos arbitrariamente que se haga lo que mandamos, ofrecemos la opción de marcharse.” (Platón, 2006: 205, #51e-52b)
Por último, retomo la función autoasignada de ser un tábano para Atenas descripta en Apología. Sócrates, al someterse a la condena, respetando las leyes, logra dar su última gran lección a la Atenas adormecida. Reconozcamos que su acto final es un abandono definitivo de la escena (tanto pública, como privada), desbordante de dramatismo; pero al mismo tiempo es la última picadura. Quizá un gesto “desesperado” cargado de profunda ironía: una acción en la que al mismo tiempo que obedece, contribuye a socavar el mismo orden que produjo la norma. La ironía fue parte de su metodología y siempre estuvo presente en sus diálogos. En este caso radica en que su muerte —su obediencia a las leyes— se convierte en la muestra evidente de la crisis moral de Atenas. Podríamos llamar a estas acciones “obediencia socrática” u “obediencia irónica”: una concordancia entre conducta y norma pero que logra, irónicamente, mantener y manifestar la actitud de disidencia crítica con el orden que promulgó las leyes que se obedecen.
En la historia de nuestro país tenemos otro claro ejemplo de esta forma irónica de obediencia: las madres que reclamaban por la aparición de sus hijos secuestrados durante la dictadura militar en Argentina en los años ’70, se reunían en Plaza de Mayo, pero eran dispersadas por la policía, con la expresión “Circulen, Señoras, circulen”. Recordemos que estaba prohibido permanecer reunidos en el espacio público, en el contexto del Estado de Sitio. Ante estas indicaciones, las mujeres comenzaron a circular, pero en torno a la Pirámide de Mayo. Así tuvieron origen las rondas de los jueves, que continúan hasta el día de hoy y que lograron visibilizar para la Argentina y el mundo, el terrorismo de Estado.
Fuentes: PLATÓN
_____ (1988) Apología de Sócrates. Buenos Aires: Eudeba.
_____ (1996) Critón. Buenos Aires: Eudeba.
_____ (2006) Gorgias, en obras Completas, Tomo II. Madrid: Gredos.
