Por Marcela Zadoff.
“Sin la presencia del otro, la comunicación degenera en un intercambio de información: las relaciones se reemplazan por las conexiones, y así solo se enlaza con lo igual”.
Byul Chun Hang
Vivimos en un ritmo vertiginoso, en el cual los acontecimientos se suceden unos a otros sin pausa. El tiempo, tirano que medimos mediante artificios como el reloj y el calendario, parece acelerarse como el descenso de una montaña rusa. Las efemérides personales (cumpleaños, aniversarios, etc.) suenan como una alarma que nos alerta de la fugacidad, en lugar de marcar una etapa dentro del ciclo natural de la vida.
Si tenemos la capacidad de dar un paso al costado, para mirarnos en el espejo de la conciencia, podríamos indagar si somos nosotros quienes dirigimos nuestras vidas o somos una cáscara de nuez flotando en el océano tormentoso. Si somos el capitán de nuestra aventura o la res en el brete, directo al matadero.
Los avances tecnológicos implican mejoras en nuestras vidas, pero la era de lo instantáneo puede condenarnos a lo efímero. Rodeados de distractores que reducen la atención de cuarenta a dos minutos, buscamos la pastilla mágica para obtener algo de concentración y memoria. La inteligencia artificial – gran aliada para resolver cuestiones prácticas- reduce la creatividad al convencionalismo.
Como en un aciago parque de diversiones donde vemos a cuál juego subimos o somos subidos, con la montaña rusa del tiempo, el tren fantasma inserto en el mercado del ocio, el Samba -ese centrifugador gigante- que nos induce a altos niveles de adrenalina de manera permanente… seguimos buscando un espacio para la diversión prometida en la entrada… pero no llega.
Hoy la respuesta al individualismo extremo y a la cultura selfie no puede ser un colectivismo de las mayorías (ni de minorías ruidosas) para perder nuestra unicidad. El valor de cada persona como tal es un constructo que requiere coraje y juicio crítico.
Hemos venido a la vida desnudos y llorando, esperamos irnos felices y rodeados de afectos.
Pero requiere valor.
No podemos escaparnos ni desvanecernos debajo de una doctrina, un pañuelo, o la promesa de un líder carismático que resuelva la vida de sus súbditos en un par de consignas y las llame “lucha”.
Tal cual sucede con los sitios de apuestas que incentivan la ludopatía mediante promesas de felicidad al ganar dinero. Ese mecanismo de avidez nos deja del lado de la carencia, sin importar nuestra condición económica, porque la ambición, la voracidad nunca nos permite sentir saciedad, cierta satisfacción de disfrutar lo que poseemos.
La tensión permanente no nos deja espacio para la sencilla felicidad que tenemos al alcance de la mano: reunirnos en familia, con amigos, mirar a nuestros hijos jugar sanamente, desafiarnos a un menú diferente, remontar el barrilete que armamos juntos. Aprender, sembrar, crear…
En nombre de la libertad y los derechos, pensadores de cada época gestaron cambios profundos en el modo de percibir la realidad y de vivir en sociedad. Hoy, sin embargo, los herederos del existencialismo, de los hippies, del primer feminismo… defienden el valor de lo individual en la fluidez de conceptos y la sobrevaloración de sentimientos y sensaciones, expresados como verdades irrefutables. Simplemente porque “yo quiero”, porque “pintó”… nos condenamos a la soledad en compañía, al eco del estribillo eterno, a fingir una conversación entre dos monólogos alternados.
De este modo queda clausurado el viejo puente de la deducción y la inducción de lo general a lo particular y vicerversa como fuente de conocimiento. Las redes inducen a seleccionar lo que nos suena parecido a lo que ya conocemos o coincide con nuestra manera de ser. A la vez, silenciamos y bloqueamos a lo diferente, para movernos entre lo parecido; conformarnos y con-formar un sistema cerrado donde se confunde identidad con pertenencia.
Por el miedo a ser derrocado por uno de sus hijos, Cronos devoró a cada recién nacido que su mujer paría. Hasta que la madre escondió a Zeus, quien creció en el exilio y regresó a destronarlo.
El mito griego representa que el miedo no puede dirigir nuestra vida, que reiterar una acción no garantiza el resultado previsto, que al tiempo -Cronos- lo vence la inteligencia.
Por ello carece de sentido ignorar nuestra capacidad intelectual y la creatividad que una buena educación cultiva en cada individuo. De esta combinación (con un soplo divino) nacen los mejores ejemplares de nuestra especie. Artistas, genios, creadores e ideólogos que postulamos como ejemplos a seguir y fuente de inspiración.
Los cobardes, mientras tanto, prefieren la repetición en blanco y negro. Ahogan en adicciones sus conflictos. Abortan sus embarazos, desperdician en redes sus momentos de ocio creativo, viendo en los demás lo que desearían para sí mismos…
En ese lugar “seguro” y mediocre, lo novedoso llega a algunos de la mano del desorden intelectual y moral. Por ejemplo, la “audacia” de disfrazarse para sentirse otro, la “genialidad” therian de elegir ser mascota en lugar de humano… si es tan simple quererse y tan desafiante ejercer los verdaderos derechos, a la vida, a la libertad. De agradecer cada día una nueva razón para estar vivos, que va de la mano de hacer de este mundo un lugar mejor a través de nuestra inteligencia y la bondad que se multiplica a sí misma.
En un flashback resuena Charly García: “apagá el televisor, si lo que te gusta es gritar, desenchufá el cable del parlante”…
Porque en los momentos en que la vida nos enfrenta a desafíos estremecedores, necesitamos herramientas para solucionar los problemas, superar las adversidades y animarnos a pasar la página de aquello que no podemos remediar.
Mirate en el espejo de tus sueños de infancia, mírate con amor y perdonate cada error, mirate prometiendo que vas a dar lo mejor de vos mismo.
Porque sos un ser único e irrepetible, original como un incunable y hermoso como un amanecer… date la oportunidad.
Ahora, si sos capaz de mirarte con amor y generosidad, ya estás listo para vínculos profundos, para amistades sinceras, para ver en el otro alguien diferente que te desafía a la aventura de lo impredecible.
