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Cuando el éxito se parece demasiado al delito.

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Por Fernando Crivelli Posse.

“Una República comienza a perderse cuando deja de preguntar cómo se obtuvo el éxito y empieza a admirar únicamente el éxito mismo. Allí donde el mérito cede frente al privilegio, la riqueza deja de servir al bien común y comienza a servir al poder.”

Existe una pregunta que las sociedades suelen dejar de formular precisamente cuando más deberían hacerlo: ¿cómo se obtuvo el éxito? Mientras la respuesta permanezca vinculada al trabajo, la innovación, el riesgo y el mérito, la prosperidad fortalece a la República. Pero cuando esa pregunta deja de importar y el único criterio de reconocimiento pasa a ser el resultado económico, comienza una transformación silenciosa. El éxito deja de ser una consecuencia de la creación de valor para convertirse en una forma de poder.

Thorstein Veblen advirtió ese fenómeno hace más de un siglo en una de las observaciones más provocadoras de la sociología económica. Sostuvo que el «hombre adinerado ideal» se asemeja al «delincuente ideal» porque ambos convierten personas y bienes en instrumentos destinados a satisfacer sus propios fines. La diferencia —explicaba— no radica tanto en la naturaleza de sus motivaciones como en la sofisticación de sus métodos. El empresario exitoso dispone de una inteligencia más amplia, calcula mejor los riesgos y proyecta sus acciones hacia objetivos de largo plazo.

La afirmación resulta incómoda porque suele interpretarse como una condena al éxito económico. Sin embargo, Veblen sostenía algo mucho más profundo. No cuestionaba la riqueza legítimamente obtenida ni la actividad empresarial. Advertía sobre una patología que aparece cuando el éxito deja de reconocer límites éticos e institucionales. Allí donde la rentabilidad se independiza completamente del deber, la inteligencia deja de servir al progreso de las comunidades y comienza a servir a la dominación.

Toda sociedad libre necesita empresarios, inversores y emprendedores. Son quienes descubren oportunidades, organizan el capital, crean empleo y generan prosperidad. Ninguna nación alcanza el desarrollo castigando a quienes producen riqueza. Pero precisamente porque esa función resulta indispensable, necesita desarrollarse bajo reglas iguales para todos. La libertad económica solo produce bienestar cuando convive con instituciones suficientemente fuertes para impedir que el poder sustituya al derecho.

El problema nunca ha sido el lucro. El problema aparece cuando el beneficio deja de ser consecuencia de crear valor para otros y comienza a depender de la capacidad para capturar privilegios, influir sobre funcionarios, condicionar decisiones judiciales o transformar al Estado en una herramienta al servicio de intereses particulares. En ese instante, el mercado deja de premiar la competencia y comienza a premiar la cercanía con el poder. Ya no existe capitalismo; existe «capitalismo de privilegios».

Por esa razón, las mayores amenazas para una economía rara vez provienen exclusivamente de la delincuencia común. Los daños más profundos suelen originarse en la criminalidad de cuello blanco: corrupción pública y privada, fraude financiero, evasión tributaria organizada, lavado de activos, manipulación societaria o sofisticadas estructuras jurídicas destinadas a conferir apariencia de legalidad a conductas incompatibles con la buena fe. Son delitos que casi nunca producen conmoción inmediata. Sin embargo, destruyen lentamente aquello sin lo cual ninguna economía puede prosperar: la confianza.

Quizá el rasgo más inquietante de estos fenómenos sea su extraordinaria capacidad para revestirse de respetabilidad. El delincuente común actúa al margen de las instituciones; el delincuente económico procura actuar dentro de ellas o, peor aún, convertirlas en un mecanismo de protección. La apariencia de legalidad sustituye a la legitimidad y el prestigio termina ocultando aquello que debería despertar el mayor reproche moral.

Durante décadas la Argentina discutió cómo distribuir la riqueza. Mucho menos discutió cómo producirla y, sobre todo, bajo qué reglas producirla. Sin igualdad ante la ley no existe una economía verdaderamente competitiva. Existe un sistema donde la rentabilidad depende menos de innovar que de influir; menos de producir que de obtener ventajas regulatorias; menos del esfuerzo que de la proximidad con el poder. Allí el talento comienza a emigrar hacia el privilegio y deja de orientarse hacia la creación de riqueza.

Pero existe una consecuencia todavía más profunda. Las sociedades también educan mediante aquello que admiran. Ninguna República puede sostenerse cuando el prestigio social deja de estar asociado al mérito alcanzado bajo reglas iguales para todos y comienza a identificarse exclusivamente con el éxito económico. Cuando la riqueza obtenida sin límites recibe reconocimiento y la integridad deja de ser valorada, las nuevas generaciones aprenden que la ética constituye un obstáculo y no una condición del progreso. Poco a poco se instala la idea de que los principios son propios de los ingenuos y que la inteligencia consiste simplemente en encontrar la manera de eludirlos.

Allí comienza la verdadera degradación institucional. Porque las Repúblicas no fracasan por la existencia de personas ambiciosas. La ambición ha impulsado buena parte del progreso humano. Comienzan a deteriorarse cuando dejan de distinguir entre quien crea riqueza respetando las reglas y quien acumula poder porque consiguió colocarse por encima de ellas. En ese instante, el prestigio deja de ser el reconocimiento del mérito para convertirse en la celebración de la impunidad.

Una Nación no se mide únicamente por el volumen de su producto bruto ni por la cantidad de millonarios que produce. También se mide por la calidad moral de los medios que acepta para alcanzar esa prosperidad. Allí reside la diferencia entre una economía libre y una sociedad donde el privilegio sustituye al derecho. La primera crea riqueza para ampliar las oportunidades de todos. La segunda utiliza la riqueza para consolidar el poder de unos pocos.

Porque una República comienza a perderse cuando sus ciudadanos dejan de preguntarse cómo se obtuvo el éxito y terminan admirando únicamente el éxito mismo.

Continuará… 

 

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