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Pobreza planificada

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Por Enrico Colombres. 

«La verdadera justicia consiste en la creación de igualaciones de libertad como puntos de partida sucesivamente renovados.»

— Carlos Cossio, Panorama de la teoría egológica del derecho

Hay dos maneras básicas de ser pobre. Una es perder el trabajo, atravesar una crisis, esperar otra oportunidad o caer en desgracia y sucumbir. La otra es nacer en un lugar del que casi nadie consigue salir. En la primera todavía existen una escuela que enseña, un oficio, una familia, un barrio y un cuerpo alimentado. En la segunda, esas herramientas han sido destruidas por la desigualdad. La pobreza deja de ser una mala racha y se convierte en una herencia.

Ese es el peligro de la Argentina actual. El INDEC registró un 28,2 por ciento de pobreza urbana en el segundo semestre de 2025. La baja fue real, pero una recuperación estadística de los ingresos no repara automáticamente una infancia deteriorada. En el mismo período, según UNICEF, el 42,3 por ciento de niñas, niños y adolescentes vivía en hogares pobres y el 9,4 por ciento se encontraba por debajo de la línea de indigencia. Son aproximadamente 5,1 millones de chicos atravesados por una carencia que compromete su alimentación, su aprendizaje y sus posibilidades futuras.

Aquí aparece una diferencia que el discurso neoliberal suele ocultar. Igualdad no es equidad. La igualdad entrega a todos el mismo libro y toma el mismo examen. La equidad reconoce que un chico bien alimentado, con computadora, un espacio para estudiar y padres educados no parte del mismo lugar que otro que llega con hambre, trabaja o vive rodeado de violencia. Darles exactamente lo mismo conserva la desigualdad inicial. La igualdad formal abre la puerta. La equidad construye el camino para que todos puedan atravesarla.

La Argentina alguna vez recorrió ese camino. El hijo de un trabajador podía convertirse en médico, técnico, docente o abogado. No ocurría por milagro ni por mérito aislado. Lo hacían posible la escuela pública, el empleo registrado, la industria, los oficios y una alimentación accesible. Ese entramado convertía la igualdad jurídica en una libertad concreta: la posibilidad de elegir una vida que no estuviera decidida de antemano por el lugar de nacimiento.

Crecí en los años ochenta con aquellos manuales Kapelusz que organizaban el conocimiento, explicaban un contenido, mostraban ejemplos y proponían ejercicios. Podían ser perfectibles, pero expresaban una voluntad precisa de enseñar algo determinado. El libro acompañaba al docente y permitía estudiar en casa. En muchos materiales actuales, en cambio, la explicación concreta fue desplazada por consignas abiertas, secuencias fragmentarias o extensas orientaciones pedagógicas.

La comparación con los manuales de Singapur permite advertir esa diferencia. Una estrategia elemental, como sumar contando hacia adelante, aparece allí nombrada, explicada paso a paso, ilustrada y practicada, con respuestas que permiten comprobar el resultado. Ningún manual explica por sí solo el éxito de un sistema educativo y sería absurdo afirmar que los materiales argentinos han renunciado por completo a enseñar. La comparación, sin embargo, muestra una tendencia peligrosa: suponer que el alumno descubrirá espontáneamente aquello que la escuela tiene la obligación de enseñar de manera explícita, sistemática y gradual.

Cuando el método reemplaza al contenido y la teoría pedagógica ocupa el lugar de la explicación, el niño con ayuda familiar puede compensarlo. El niño pobre queda abandonado a su suerte. La desigualdad que la escuela debía corregir reaparece dentro del aula y se presenta como una diferencia de capacidades individuales.

Los resultados muestran el costo. En Aprender Secundaria 2024, apenas el 14,2 por ciento de los estudiantes alcanzó el nivel satisfactorio en Matemática y el 54,6 por ciento quedó por debajo del nivel básico. PISA 2022 encontró que solo el 27 por ciento de los adolescentes argentinos alcanzaba el nivel mínimo en Matemática y el 45 por ciento en lectura. En Singapur, esas cifras superaban el 85 y el 89 por ciento, respectivamente.

Aprender 2025 también ofreció una señal alentadora en la escuela primaria. El 76,9 por ciento de los estudiantes de sexto grado logró niveles satisfactorio o avanzado en Lengua y cinco de cada diez lo hizo en Matemática. Esa mejora desmiente cualquier fatalidad educativa. Cuando hay objetivos claros, materiales adecuados, evaluación y enseñanza sistemática, los resultados pueden cambiar. También obliga a evitar una celebración complaciente: una mejora parcial no cancela el deterioro acumulado ni alcanza por igual a todos los sectores sociales.

La pobreza educativa no consiste únicamente en abandonar la escuela. También consiste en permanecer años dentro de ella sin adquirir comprensión lectora, cálculo, pensamiento científico ni capacidad para argumentar. El título sin conocimiento tranquiliza estadísticas, pero condena personas. Un ciudadano que no comprende un contrato queda indefenso ante un banco. Quien no puede interpretar información pública es más fácil de manipular. Un trabajador sin formación técnica queda afuera de la producción moderna. La crisis educativa es económica, democrática y moral.

La destrucción industrial completa el círculo. Cuando cierran fábricas no desaparecen únicamente puestos de trabajo. Se pierden torneros, matriceros, soldadores, electricistas, diseñadores, técnicos, pequeñas empresas proveedoras y saberes transmitidos durante generaciones. Una máquina puede volver a comprarse. Una comunidad productiva desarmada tarda décadas en reconstruirse.

Un país que no genera oficios ni trabajadores calificados importa bienes, tecnología y conocimiento, mientras exporta recursos naturales y jóvenes preparados. Luego atribuye a la falta de mérito el resultado de haber eliminado las oportunidades. La libertad de elección se vuelve una ficción para quien nunca tuvo una escuela que le enseñara, un taller donde capacitarse ni una industria en la cual desarrollar lo aprendido.

Educación e industria forman parte de una misma arquitectura social. La escuela sin horizonte productivo acumula títulos que el mercado no puede absorber. La industria sin educación técnica pierde capacidad de innovar y termina dependiendo de conocimientos importados. Cuando ambas se debilitan, el país negocia desde la subordinación: entrega minerales, energía y alimentos con escaso valor agregado y compra caros los bienes que llevan trabajo calificado incorporado.

El modo en que se distribuye el crédito refuerza ese orden. Ante una crisis financiera, los recursos aparecen con velocidad porque el colapso de una gran empresa o de un banco se presenta como un riesgo colectivo. Para alimentar, educar o capacitar a millones, en cambio, siempre se invoca la escasez. La decisión política queda escondida detrás de un lenguaje técnico que transforma prioridades discutibles en necesidades inevitables. El niño pobre parece demasiado pequeño para ser salvado.

La alternativa exige volver a unir lo que durante décadas fue separado. Nutrición, educación, industria, crédito y soberanía son partes de un mismo proyecto. Hace falta una banca pública orientada a la vivienda y la producción, escuelas técnicas vinculadas con un verdadero plan industrial, manuales claros, secuencias didácticas basadas en evidencia, capacitación permanente, salarios dignos y protección integral de la primera infancia.

La equidad no consiste en regalar aprobaciones ni en rebajar las exigencias. Consiste en brindar a cada estudiante las herramientas necesarias para aprender de verdad. Si el Estado financia, debe priorizar el trabajo y la producción sobre la especulación. Si evalúa la educación, debe utilizar los resultados para corregir métodos y asignar recursos donde más se necesitan. Una política pública vale por la libertad concreta que logra crear.

El futuro de un país se decide en el Banco Central, en una fábrica y también cuando un niño abre un libro y encuentra una explicación que le permite comprender el mundo. Una sociedad que abandona simultáneamente sus manuales, sus talleres y sus mesas familiares destruye ciudadanos, trabajadores y seres humanos capaces de gobernar su propio destino.

Después de décadas de desarrollo tecnológico y creación constante de riqueza, la persistencia de millones de personas sin alimentación, educación ni futuro obliga a abandonar la explicación de la fatalidad. Los pobres no están afuera del sistema. Ocupan el lugar que una determinada distribución del poder necesita reservarles. La pobreza planificada comienza allí, cuando la exclusión deja de ser un fracaso y se convierte en una condición de funcionamiento.

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