Por Guido Brotto.
«La gente vivía otra vida más interesante que la actual. Eran menos egoístas, menos cínicos, menos implacables. Justo o equivocado, se tenía de la vida y de sus desdoblamientos un criterio más ilusorio, más romántico.»
Roberto Arlt
Vivimos en una época que confunde existencia con exposición. Lo que no se muestra parece no existir.
Sin embargo, lo verdaderamente vivo madura sin espectáculo.
La intimidad es la condición para que esa maduración ocurra.
Las cosas más decisivas de la vida ocurren precisamente antes de ser visibles.
Nadie acelera la semilla observándola. Nadie obtiene un árbol desenterrando la tierra todos los días para comprobar si ya comenzó a crecer. El tiempo oculto no retrasa la obra; la hace posible.
Antes de convertirse en un acontecimiento para los demás, la obra debe convertirse en un acontecimiento para sí misma. Su primera realidad no es pública; es íntima.
El tiempo, su aliado.
Toda obra trabaja con el tiempo. Hay un tiempo que construye y otro que consume. La semilla necesita del primero; la economía de la atención impone el segundo. Allí comienza el conflicto.
La economía de la atención rompe esa lógica. Ya no importa únicamente hacer una obra. Importa mostrar que se está haciendo una obra.
Mientras la obra permanece en su tiempo secreto, el artista responde únicamente ante ella. Cada decisión intenta obedecer una necesidad interna de la propia creación. Pero cuando la exposición se vuelve permanente, el público entra antes que la obra haya encontrado su forma. El algoritmo participa antes que la intuición termine de hablar.
El criterio deja de ser la verdad de la obra y comienza a ser la eficacia de su recepción.
Poco a poco, la obra aprende a parecerse a aquello que mejor circula. El artista ya no escucha el ritmo interno de la creación; escucha las estadísticas de su exposición.
El formalismo ruso llamó extrañamiento a la capacidad del arte para romper la percepción automática del mundo. El arte devuelve espesor a aquello que el hábito había vuelto invisible. Nos obliga a mirar otra vez.
Pero el extrañamiento no puede fabricarse como un efecto. Es el resultado de una elaboración. Una obra inmadura todavía no ha encontrado la distancia suficiente respecto de sí misma para transformar la percepción de otro. Antes de alterar la mirada del espectador, debe haber soportado su propio tiempo de transformación.
El arte no rompe la percepción por capricho. Lo hace porque el hábito vuelve invisible aquello que más cerca tenemos. La repetición desgasta el asombro y adormece la mirada. El arte no revela una verdad. Recupera la mirada.
Es el momento del reconocimiento, cuando una verdad antes oculta se hace evidente. La revelación del espectador es el fruto de una maduración.
El sacrificio del artista consiste en soportar el tiempo en que la obra todavía no devuelve reconocimiento alguno. En una cultura donde todo exige ser mostrado inmediatamente, guardar una obra es un acto de fe. Es confiar en que el tiempo de la semilla vale más que la recompensa instantánea de la exposición.
Toda obra conserva el tiempo que fue capaz de soportar junto a su creador. No expresa únicamente lo que el artista piensa. Expresa la relación que sostuvo con ella mientras todavía nadie la miraba.
Uno es lo que hace con la obra.
No por las declaraciones que realiza sobre sí mismo, sino por la manera en que acompaña aquello que crea. Hay quienes entregan la obra antes de tiempo. Hay quienes la abandonan cuando deja de producir atención. Y hay quienes aceptan permanecer en el silencio hasta que la obra encuentre, por fin, su propia voz.

bsiime