Por Fernando Pérez.
Hay un punto crítico en los procesos económicos en el que la retórica deja de ser un mero condimento de campaña y pasa a cotizar en las pantallas financieras. Cuando el discurso público abandona de forma sistemática la contención y la racionalidad para instalarse en una dinámica de agresión ininterrumpida, la macroeconomía deja de responder a las planillas de cálculo y empieza a reaccionar a la impredecibilidad del poder.
Llegados a este tramo del mandato, resulta ineludible abordar un interrogante que el mercado financiero intenta matizar por pura conveniencia táctica: ¿cuánta tensión institucional aguanta una economía antes de que el riesgo país refleje no la falta de divisas, sino la vulnerabilidad de la conducta política de quien toma las decisiones?
La trampa de la infalibilidad macroeconómica
El problema no radica en la firmeza de un programa de ordenamiento ni en la austeridad del gasto. Las economías en desarrollo conviven y han convivido con programas de ajuste severos. El verdadero peligro se manifiesta cuando la técnica económica se sustituye por el dogma y cuando cualquier observación metodológica —incluso proveniente de consultores afines o de organismos multilaterales— es calificada de sabotaje o traición.
En el comportamiento oficial se consolida un esquema de administración que condiciona las variables estructurales:
- La ilusión del equilibrio estático: La convicción de que alcanzar la meta fiscal de corto plazo valida la postergación indefinida de reformas estructurales en el plano tributario, laboral y previsional.
- El choque constante como sustituto de la gestión: La necesidad de mantener un frente de conflicto diario que eclipsa las severas dificultades operativas de la economía real, la pérdida de competitividad de las provincias y la recesión del sector privado.
- El desprecio por la seguridad jurídica: Un estilo de conducción donde la regla de juego muta según la urgencia de la coyuntura, desarticulando el marco normativo sobre el que deben asentarse las inversiones de largo plazo.
El costo financiero de la volatilidad política
La economía real no transita en el vacío abstracto de un modelo teórico. Exige previsibilidad, certidumbre y, sobre todo, instituciones sólidas que garanticen la continuidad de las decisiones. ¿Qué tipo de confianza duradera puede ofrecer una nación ante los mercados internacionales o frente al tejido empresarial doméstico si la máxima magistratura transita rutinariamente entre la descalificación ad hominem y el enfrentamiento con los demás poderes del Estado?
Sorprende el pragmatismo cortoplacista de ciertos sectores financieros que prefieren pasar por alto las anomalías institucionales a cambio de un rendimiento inmediato en títulos públicos. Se ignora así una lección elemental de la historia económica argentina: los números fiscales conseguidos a expensas de la degradación del marco institucional son efímeros y altamente volátiles.
Volver a la racionalidad como única salida
La función del periodismo riguroso no consiste en aplaudir los slogans de rigor ni en naturalizar el desvarío como si fuera una nueva forma de hacer política. Consiste en exigir coherencia y sostener que sin solidez institucional no hay plan económico que resista.
Argentina no necesita milagros ni mesías volcados a la confrontación. Requiere reglas claras, equilibrio técnico, respeto estricto por la división de poderes y la madurez necesaria para comprender que la confianza de los mercados no se impone a gritos: se construye con sobriedad, institucionalidad y previsibilidad.
