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El algoritmo de Yrigoyen: cuando la autoconfirmación reemplaza al Estado

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Por Fernando Pérez.

Existe una célebre mitología en la historia política argentina que atribuye a los allegados de Hipólito Yrigoyen la creación de una edición especial de prensa, impresa exclusivamente para el Presidente, donde los titulares omitían las huelgas, la inflación y los conflictos sociales. La historiografía ha demostrado que el «diario de Yrigoyen» fue apenas un mito construido por sus detractores; sin embargo, las metáforas suelen perdurar no por su precisión histórica, sino por su extraordinaria potencia explicativa. Casi un siglo después, la Argentina asiste a la actualización digital de ese mismo fenómeno, aunque con una diferencia sustancial: el diario recortado a la medida del líder ya no requiere imprenta, sino apenas un algoritmo benévolo y un entorno dispuesto a validar cada premisa oficial.

En la teoría de la comunicación moderna, el concepto de sesgo de confirmación describe la tendencia humana a buscar, interpretar y recordar información de manera que confirme las propias creencias previas. Cuando este mecanismo psicológico individual se traslada a la cúspide del Poder Ejecutivo, el problema deja de ser interpretativo para volverse estrictamente institucional. El presidente Javier Milei no habita la realidad macroeconómica que experimenta el ciudadano común al cruzar la puerta de un supermercado o abonar la tarifa de un servicio público; habita, en cambio, la representación que de ella hacen sus métricas de interacción en redes sociales, los botines digitales de la militancia y los informes endogámicos producidos en el entorno íntimo de la Casa Rosada.

El síntoma más evidente de este aislamiento no es la vehemencia del discurso, sino la fragilidad metodológica de sus argumentaciones. En reiteradas intervenciones públicas, el Primer Mandatario apela a datos cuya procedencia resulta, cuando menos, inhallable. Se citan caídas de la inflación proyectadas por cuentas anónimas, cifras de inflación cero basadas en bots de redes sociales que luego sus propios creadores desmienten, o supuestos consensos académicos globales sobre la efectividad de sus medidas que ningún centro de estudios serio valida. La paradoja resulta llamativa para un economista que hizo de la precisión matemática su principal credencial de legitimidad: la ciencia de los números cede sistemáticamente frente a la tentación de la narrativa.

Cuando los indicadores reales —como el desplome del consumo masivo, la pérdida de puestos de trabajo registrados o la caída de la actividad industrial— entran en colisión directa con el relato oficial, la respuesta del Gobierno no consiste en corregir el rumbo ni en matizar el diagnóstico, sino en descalificar la fuente. El dato duro pasa a ser catalogado como una operación de la prensa, una distorsión de la casta o un intento de desestabilización financiera. Hay allí un desplazamiento epistemológico peligroso: la verdad deja de fundamentarse en la verificación empírica y pasa a depender exclusivamente de la autoridad del emisor.

Este encapsulamiento no carece de costos operacionales. La toma de decisiones en el Estado requiere, de manera indispensable, un mapa fidedigno del territorio sobre el cual se pretende intervenir. Si el diagnóstico que llega al despacho presidencial insiste en que los precios bajan, que los salarios le ganan a la inflación y que la recesión ha quedado atrás por completo, los remedios aplicados terminarán agravando la patología. No es la primera vez que la política argentina cae en el autoengaño, pero sí la primera en que el aislamiento se produce a la vista de todos, retransmitido en tiempo real por los propios canales oficiales.

Gobernar es, fundamentalmente, administrar la complejidad de lo real. Romper la cámara de eco exige un ejercicio de humildad intelectual que incomoda al poder, pero que resulta biológicamente indispensable para la supervivencia de cualquier proyecto gubernamental. El riesgo de administrar un país mirando únicamente el espejo retrovisor de las redes sociales es que, tarde o temprano, la realidad física termina impactando de frente sin dar tiempo a frenar.

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