Mind Set 

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Por Guido Grotto. 

La decadencia del escritor comienza cuando la cultura se convierte en propiedad intelectual. A partir de ahí, no queda mucho más que una bazofia cargada de chismes, disputas e incongruencias entre pares: una administración permanente de la autoría, del prestigio y del derecho a pertenecer.

En el absoluto de la cuestión, sin embargo, todo eso no son más que escapatorias para decidir quién tiene derecho a cooperar en la estabilización social de la mecánica cuántica.

Porque cuando la cultura deja de pensarse como propiedad y comienza a entenderse como circulación, ya no importa únicamente quién produce una idea, sino qué sucede cuando esa idea entra en contacto con otras mentes, otras imágenes, otros ruidos y otras formas de atención.

La obra deja entonces de ser un objeto cerrado y empieza a funcionar como una configuración mental compartida.

En otras palabras, el Mind Set.

O, mejor todavía:

Videomental.

El Videomental encierra un sinfín conceptual cuando entra en contacto con ideas lejanas en el tiempo y en el espacio. Ideas que, en principio, no deberían encontrarse, pero que terminan aproximándose por la propia dinámica de los circuitos neuronales que intervienen en la atención plena.

La distancia histórica, geográfica o conceptual deja entonces de ser un impedimento. La atención construye relaciones, aproxima fragmentos y encuentra correspondencias allí donde antes solamente había separación.

El Videomental no funciona necesariamente por continuidad, sino por asociación. Una imagen puede despertar una idea de otro siglo; un sonido puede activar un recuerdo; una palabra puede conectarse con una teoría aparentemente ajena. Todo ocurre dentro de una misma configuración mental.

O, dicho desde otra configuración:

Mindfulness.

El mindfulness puede entenderse como una práctica de atención plena: observar lo que sucede en el presente sin quedar inmediatamente arrastrado por cada pensamiento, emoción o estímulo.

Pero entonces cabe preguntarse qué sucede con el mindfulness del mindfulness.

Qué ocurre cuando la atención comienza a observarse a sí misma, cuando aquel Nirvana utópico nunca llega y la distorsión empieza a volverse cada vez más pesada, hasta terminar encerrando un único circuito a punto de estallar.

En ese punto, la atención se repliega sobre sí misma, se intensifica, se vigila. Aquello que debía abrir la percepción corre el riesgo de convertirse en una forma de clausura.

El Videomental deja entonces de ser solamente una red capaz de conectar ideas lejanas en el tiempo y en el espacio. Puede convertirse también en una acumulación de asociaciones, recuerdos, imágenes, deseos y pensamientos que giran dentro de un mismo circuito hasta alcanzar un punto crítico.

Pero no se trata únicamente de pensarse como individuo.

Muchas de las ideas que atraviesan una mente no nacieron allí. Son restos, aspiraciones, intuiciones y deseos que otras mentes imaginaron mucho antes. Formas posibles de justicia, belleza, libertad, comunidad, amor o conocimiento que atravesaron la historia sin llegar nunca a realizarse por completo.

Pensar, entonces, también puede significar cooperar con esas mentes.

No para repetirlas ni para obedecerlas, sino para participar de la realización de un sinfín de bienaventuranzas que vienen siendo deseadas desde otros tiempos.

La atención plena deja así de ser solamente una técnica de introspección. Se convierte en una forma de circulación histórica.

El mindfulness del mindfulness aparece justamente en ese punto: cuando uno descubre que incluso aquello que cree estar pensando en soledad pertenece a una corriente mucho más antigua.

El Nirvana quizá no consista en llegar a ninguna parte.

Quizá consista en conseguir que el circuito deje de encerrarse en uno mismo y vuelva a circular.

Y entonces aparece la pregunta fina: ¿para qué?

Para generar cultura.

Pero no cualquier cultura. Una cultura capaz de hacer feliz a un pueblo, de producir un mundo en el que los niños puedan mirar alrededor y sonreír porque aquello que los rodea también parece feliz. Ahí aparece la esperanza: no como promesa abstracta, sino como experiencia concreta de un mundo que merece ser habitado.

El problema es que las condiciones materiales bajo las que vivimos muchas veces operan en sentido contrario. La servidumbre económica, la obligación permanente de producir y la carrera por alcanzar una idea de éxito que nunca termina de realizarse nos encierran en otro circuito. Uno más veloz, más ansioso, más esquizomaníaco.

Corremos detrás del éxito mientras las condiciones materiales continúan gobernando nuestra atención.

Pero acaso el éxito sea exactamente lo contrario.

Que las condiciones materiales dejen de actuar contra nosotros y comiencen a actuar a nuestro favor.

Porque recién entonces la atención puede dejar de estar ocupada exclusivamente en sobrevivir y empezar a cooperar, crear y producir cultura.

Una cultura que devuelva esperanza.

Una cultura que permita que un niño mire el mundo y tenga razones para sonreír.

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