Por Daniel Posse.
El decreto de la dictadura llegó a Santa Ana con el frío seco de agosto de 1966, portando la severidad de una sentencia de muerte para el pueblo entero. Cuando la noticia del cierre definitivo corrió por los callejones polvorientos, el rugido de los trapiches cesó por primera vez en casi un siglo, dejando un silencio denso que pesaba en el pecho como el hollín. María contempló la silueta muda del ingenio desde la ventana de su cocina; aquel aire estático no le pareció de sumisión, sino el preludio de una tormenta. En las entrañas de la fábrica herida y en la intimidad de las mujeres que, como ella, ya encendían el fuego de las ollas comunitarias, comenzó a tejerse una ofensiva de combate dividida en dos frentes: un pacto invisible donde los hombres y las mujeres se repartieron los roles de una guerra desigual por la supervivencia.
Desde su puesto en la ruta de acceso, María vigilaba el perímetro. Sabía que los hombres, curtidos por la zafra, habían tomado el control del edificio bajo una táctica de ocupación y disuasión simbólica. Su esposo y sus hijos mayores estaban adentro, convirtiendo los viejos galpones de ladrillos y vigas de acero en una fortaleza de sombras. Ante la certeza de que la gendarmería rodearía el predio, y sin armas reales para enfrentar el plomo, los obreros recurrieron a la astucia criolla. María misma los había ayudado a juntar trozos de madera y caños de hierro viejos, pintándolos con el tizne de los trapiches para simular fusiles desde las ventanas altas. Detrás de los portones, los hombres mantenían guardias rotativos, dispuestos a resistir el desalojo con barricadas de bolsas de azúcar, arriesgando el cuerpo por el único suelo que justificaba su existencia.
Sin embargo, María y las mujeres de Santa Ana sabían que la verdadera vanguardia se jugaba a la intemperie. Desplegaron una resistencia de primera línea basada en la defensa del territorio y la protección comunitaria. Con el lodo de los cañaverales pegado a los zapatos, María lideró a las vecinas para adueñarse del asfalto, transformando el acceso en una trinchera. Sabiendo que los soldados dudarían más en abrir fuego directo contra madres e hijos, se convirtieron en el escudo humano de los huelguistas. María marchó al frente de una muralla de polleras y pañuelos que plantaba cara a la caballería, sosteniendo una bandera gastada entre sus manos agrietadas, soportando los gases y los bastonazos con la fiereza de quien defiende el nido. Durante semanas fue el correo de la noche, burlando retenes para ingresar comida por la espesura del monte, mientras el silbato de la fábrica sonaba para avisar que los hombres arrojaban chatarra desde los techos si la policía avanzaba. En esa comunión, los hombres pusieron la resistencia del metal, pero las mujeres sostuvieron la vida en la calle.
La fábrica enmudeció y el desmonte avanzó sobre el pueblo, sumiéndolo en un desempleo largo y espeso. Sin embargo, la memoria de la dignidad permaneció intacta en los delantales de las mujeres. Diez años después, en 1976, la noche más oscura de la patria volvió a golpear las puertas de Santa Ana. Los camiones del ejército ingresaron persiguiendo los fantasmas de aquella vieja insurgencia sindical y obrera. María, con el cabello encanecido pero el mismo coraje en la mirada, no dudó. Cuando las patrullas rodearon el barrio para llevarse a los jóvenes del pueblo, entre ellos a sus propios hijos, ella se plantó una vez más en el frente. Su última táctica no fue en una ruta, sino en el umbral de su propio hogar: interpuso su cuerpo anciano ante los fusiles cargados, transformándose por última vez en el escudo definitivo contra el terror, permitiendo que los muchachos escaparan por el fondo de los cañaverales antes de que la noche de la dictadura se la llevara a ella para siempre.
Años después de su sacrificio, en las primeras luces de 1977, otro régimen militar dinamitó las chimeneas del Ingenio Santa Ana para borrar todo rastro de su historia. Las moles de ladrillo cayeron con un estruendo que sacudió la llanura tucumana, pero el intento de sepultar el pasado fue inútil. El hierro de los trapiches se había fundido, las estructuras ya eran escombros del desmonte, pero el eco heroico de María quedó flotando para siempre en el aire de la región azucarera, demostrando que la verdadera primera línea de un pueblo es eterna y jamás podrá ser demolida.
