Por Elena Rauschen.
«La interpretación es la venganza del intelecto contra el arte».
—Susan Sontag, Contra la interpretación.
Hay textos de sala que deberían exponerse solos. Tienen conflicto, densidad, ambición política y un manejo extraordinario de las expectativas. La obra que los acompaña suele ser bastante más modesta. Unos cables, tres piedras, una fotografía desenfocada. El texto, en cambio, está a punto de derribar Occidente.
Una aprende a reconocer el procedimiento. Donde ve una tela colgada, debe leer una impugnación del orden doméstico. Donde encuentra una silla, debe advertir una disputa por los cuerpos ausentes. Si hay tierra, hay territorio. Si hay hilo, hay memoria. Si hay una grieta, conviene prepararse: la modernidad entera está por venirse abajo.
Los materiales tienen derecho a hacer todas esas cosas. También tenemos derecho a examinar si efectivamente las hacen. Pero ese pequeño ejercicio de libertad resulta cada vez más impertinente. La interpretación ya fue aprobada, impresa y pegada en la pared. Llegamos tarde incluso a nuestra propia experiencia.
El reparto es magnífico. La obra propone una transformación radical de la sensibilidad y el espectador debe aportar la transformación, la radicalidad y la sensibilidad. Si algo falla, le falta formación. La institución pone las copas; nosotros, el milagro.
Lo digo siendo una mujer perfectamente capaz de entusiasmarse con una frase incomprensible. También he sentido el placer indecente de reconocer una referencia que los demás parecían no reconocer. La cultura tiene esas pequeñas miserias: una entra buscando que algo la conmueva y termina agradeciendo que algo confirme lo mucho que ha leído.
Por eso desconfío de la comodidad con que algunas explicaciones nos hacen sentir inteligentes. Entendemos el dispositivo, identificamos la cita, ubicamos la genealogía. Todo encaja. Salimos de la muestra con nuestros conocimientos en excelente estado de conservación. La obra no consiguió despeinarnos, pero nos trató de personas interesantes.
La teoría merece mejores usos que este servicio de autoestima.
En El retorno de lo real, Hal Foster examina las relaciones entre las prácticas artísticas, las instituciones y los espacios sociales. Su análisis del artista como etnógrafo permite desconfiar de una credencial demasiado fácil: acercarse a una comunidad, representar una diferencia, intervenir sobre una herida histórica. Ninguno de esos gestos garantiza por sí mismo una posición crítica. Importan las relaciones que se establecen, la autoridad que se asume y las condiciones bajo las cuales se trabaja.
Conviene llevar esa incomodidad a las inauguraciones. Hay proyectos que desembarcan en una comunidad con más seguridad conceptual que conocimiento de sus habitantes. Reúnen testimonios, producen imágenes y regresan al circuito con una experiencia de alteridad lista para exhibir. El catálogo queda precioso. La desigualdad, muy bien documentada.
Después viene el texto a informar que se han desarticulado las relaciones de poder. A veces alcanza con mirar quién firma, quién decide y quién sigue apareciendo como material de trabajo para sospechar que la desarticulación fue bastante selectiva.
La crítica institucional también puede convertirse en una cortesía de la casa. El museo invita a cuestionar el museo, financia el cuestionamiento y lo incorpora a su programación. Todos celebran la valentía. Una institución capaz de exhibir su propia impugnación obtiene, además, una imagen formidable de sí misma. Hasta la rebeldía puede mejorar una memoria de gestión.
Con Boris Groys, en Arte en flujo, la cuestión se complica de una manera productiva. El arte se desplaza hacia prácticas y procesos que transcurren en el tiempo; su documentación adquiere un papel decisivo. Lo que encontramos en una exposición puede ser el registro de una acción que ocurrió en otra parte. Exigir que todo se resuelva en un objeto hermoso sería una estupidez. Bastantes tenemos ya.
Pero entre reconocer ese desplazamiento y aceptar cualquier expediente de intenciones hay una distancia que pienso seguir recorriendo con desconfianza. Un registro puede transmitir la fuerza de una experiencia. También puede presentarnos veinte fotografías de gente haciendo algo cuya importancia depende exclusivamente de que alguien la declare.
La carpeta asegura que hubo una transformación. Las imágenes muestran una ronda de sillas. Me permitiré conservar alguna duda.
El vocabulario ayuda a cerrar el negocio. Se tensiona, se problematiza, se resignifica. Todo el mundo tensiona muchísimo. Las obras llegan exhaustas de tanto problematizar y, sin embargo, el idioma que las presenta conserva una salud administrativa admirable. Sirve para una beca, una residencia, una bienal y una rendición de cuentas. Cuanto más radical se anuncia una propuesta, más familiar puede resultar su formulario.
Ese lenguaje termina haciendo algo bastante cruel: vuelve intercambiables experiencias que quizá tenían una diferencia que ofrecer. Las recubre con la misma importancia prefabricada. Una obra torpe pero inquietante y una ocurrencia perfectamente calculada reciben el mismo baño de profundidad. Después nos piden que distingamos.
Distinguir supone arriesgar un juicio. Decir que algo nos afecta y precisar cómo. Señalar que una operación está gastada, aunque el tema sea urgente. Admitir que una causa justa puede dar lugar a una obra perezosa. La gravedad de un problema no trabaja en nombre del artista.
También supone aceptar que una explicación puede cambiarnos la mirada. Una lectura puede devolvernos a una obra y permitirnos descubrir una decisión, una tensión, una fuerza que habíamos pasado por alto. Ahí la escritura se gana su lugar: consigue que algo antes inadvertido empiece a actuar sobre nosotros.
Mi impaciencia empieza con el discurso que exige obediencia y la llama sensibilidad. Con esa pedagogía del asentimiento que nos permite participar siempre que lleguemos a la conclusión prevista. Con la sospechosa abundancia de obras que vienen a cuestionarlo todo y se ofenden cuando alguien las cuestiona.
Quiero poder aburrirme sin presentar un certificado de lecturas. Quiero encontrar una obra que sepa hacer algo con mi aburrimiento. Quiero que una forma me obligue a revisar una convicción y que un texto se arriesgue a decir algo que la obra pueda desmentir.
Y quiero conservar la posibilidad de señalar que el emperador está vestido, perfectamente vestido, con un traje conceptual carísimo, pero que debajo del traje no hay nadie.
Cuando la explicación ha hecho todo, la obra puede retirarse.
Nuestra mirada también.
