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El poder de lo posible

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Por Guido Brotto.

Un hombre entra en una habitación con cinco puertas. Puede atravesar cualquiera de ellas. Incluso puede permanecer donde está. Nadie lo obliga a moverse. Antes de decidir, observa, compara, calcula. Tiene razones para preferir una puerta y descartar las otras.

Lo que ignora es que la habitación fue construida por alguien más.

Su elección es real. También lo son las paredes.

Solemos reconocer el poder cuando alguien nos impide hacer algo. Una orden, una prohibición, una amenaza. Allí resulta sencillo identificar quién manda y quién debe obedecer. Hay una voluntad que se impone y otra que encuentra un límite. Pero la habitación plantea una dificultad distinta: nadie necesita intervenir para que el hombre se mueva dentro de un espacio previamente organizado.

Puede elegir su recorrido sin haber participado en la construcción del lugar.

¿Dónde reside entonces el poder? ¿En quien decide qué puerta atravesar o en aquello que establece las posibilidades de elección?

La pregunta no vuelve irrelevante la decisión individual. Cada puerta puede conducir a consecuencias diferentes. Elegir exige responsabilidad, incluso cuando las alternativas son insuficientes. Sin embargo, una cosa es decidir dentro de una situación y otra muy distinta es poder modificar las condiciones que la organizan. Podemos disponer de la primera capacidad mientras carecemos casi por completo de la segunda.

Esa diferencia suele quedar oculta detrás de una palabra: libertad.

Nos sentimos libres porque nadie nos indica exactamente qué hacer. Podemos comprar, publicar, cambiar de trabajo, expresar una opinión. Pero cada una de esas acciones necesita condiciones que no dependen solamente de nuestra voluntad. Para comprar necesitamos ingresos. Para publicar y encontrar lectores necesitamos canales de circulación. Para abandonar un trabajo necesitamos alguna posibilidad de sostener la vida después de hacerlo.

Una puerta puede estar abierta y seguir siendo inaccesible.

Por eso contar alternativas no alcanza para conocer la libertad de una persona. También hay que preguntarse cuánto cuesta atravesarlas, quién puede hacerlo y qué sucede con quienes quedan afuera. Una sociedad puede ofrecer formalmente el mismo recorrido a todos mientras distribuye de manera profundamente desigual la posibilidad de realizarlo.

El hombre observa las cinco puertas. Una exige dinero. Otra, un apellido. Otra, disponer de un tiempo que él dedica a trabajar. La cuarta conduce nuevamente al punto de partida. La quinta permanece abierta, aunque nadie sabe qué hay detrás.

Todavía puede elegir.

Ahora comprendemos un poco mejor qué significa.

Pero el problema del poder no termina en la distribución de los accesos. Antes de preguntarnos qué podemos hacer, necesitamos haber concebido alguna posibilidad. Nadie elige aquello que jamás se le ocurrió imaginar. Para reclamar una vida diferente hace falta encontrar alguna forma de representarla, aunque todavía sea imprecisa.

¿De dónde provienen esas imágenes?

Aprendemos a desear entre otras personas. Conocemos formas de vivir a través de relatos, trabajos, canciones, instituciones, conversaciones. Incluso aquello que sentimos como una ambición íntima tiene una historia compartida. Alguien nos mostró que cierta vida era posible. Alguien la presentó como deseable. Otras vidas, en cambio, apenas encontraron palabras para hacerse presentes.

Esto no significa que nuestros deseos sean falsos. Significa que tampoco nacen solos.

El poder interviene en esa formación cuando consigue que algunas posibilidades aparezcan constantemente y otras resulten difíciles de pensar. Una misma definición del éxito repetida durante años puede organizar más conductas que una orden. No necesita exigir obediencia a cada momento. Alcanza con que las personas comiencen a evaluar su propia existencia mediante los criterios que recibieron.

Entonces la habitación deja de sentirse como una construcción.

Empieza a parecerse al mundo.

Quien vive dentro de ella puede discutir apasionadamente cuál es la mejor puerta sin preguntarse por qué hay solamente cinco. Puede enfrentarse con otros, organizar una campaña, defender su derecho a elegir. Todo eso produce efectos reales. Sin embargo, mientras la discusión permanezca encerrada en las alternativas disponibles, la arquitectura conserva una estabilidad que ninguna de esas disputas alcanza a cuestionar.

Incluso la rebeldía puede encontrar allí un lugar previsto.

Una protesta se convierte en una identidad reconocible. Esa identidad encuentra productos, consignas y públicos. Lo que comenzó como un intento de interrumpir una dinámica termina ofreciendo una nueva manera de participar en ella. La inconformidad circula, recibe atención y puede volverse rentable sin modificar las relaciones contra las que había surgido.

No ocurre siempre. Ninguna estructura controla por completo lo que sucede en su interior. Pero esa capacidad de incorporar el desacuerdo obliga a formular una pregunta incómoda: ¿qué cambia cuando nos rebelamos?

La intensidad del gesto, por sí sola, no permite responder.

A veces una acción discreta altera más posibilidades que una declaración estruendosa. Personas que organizan un espacio para cuidar a sus hijos hacen posible que otras estudien o trabajen. Un grupo que comparte herramientas permite producir a quienes antes solamente podían comprar. Una biblioteca acerca libros, pero también pone al alcance preguntas que todavía no habían aparecido.

En esos casos comienza a cambiar algo más que la elección de cada individuo.

Cambia aquello que pueden elegir.

Tal vez allí se encuentre una dimensión decisiva de la acción colectiva. Una persona aislada puede imaginar una salida y, aun así, carecer de los medios para construirla. Necesita tiempo, conocimientos, recursos, confianza. Necesita que otros reconozcan en esa posibilidad algo por lo que vale la pena trabajar. La imaginación abre una diferencia; la organización le permite durar.

Por eso sería insuficiente atribuir toda la habitación a un constructor oculto. Las estructuras también se sostienen mediante hábitos, necesidades y decisiones acumuladas. Quienes ejercen autoridad reciben condiciones que no crearon y que no siempre comprenden. Pueden beneficiarse de ellas, reforzarlas o intentar modificarlas, pero tampoco eligen desde un lugar exterior al mundo.

La pregunta por el poder exige seguir esas relaciones. Descubrir quién puede establecer las reglas, quién dispone de recursos para sostenerlas y quién tiene la capacidad de volver discutible aquello que los demás deben aceptar como un hecho.

El hombre vuelve a mirar las puertas. Ya no le resultan suficientes, aunque todavía necesita atravesar alguna. Se acerca a una pared y escucha un golpe del otro lado. Después otro. Hay alguien trabajando.

Por primera vez se le ocurre preguntar de qué están hechos los muros.

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