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La paradoja del contrato libre y la trampa del crédito diario

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Por Fernando Pérez.

En el discurso público reciente ha ganado centralidad una premisa que pretende ser contundente: las deudas de los particulares son estrictamente un asunto entre privados. Bajo este razonamiento, cada decisión financiera individual responde a la libre voluntad de las partes y a una evaluación racional de riesgos. Nadie obliga a nadie a firmar un contrato, a aceptar una tasa de interés o a refinanciar el saldo de una tarjeta de crédito. La metáfora de la coacción explícita se utiliza para sostener que, en ausencia de una fuerza externa, toda transacción es soberana.

Sin embargo, cuando la economía real se analiza desde la perspectiva de la vida cotidiana y no solo desde los modelos teóricos, la noción de libertad contractual requiere una mirada sustancialmente más profunda. Existe una distancia crítica entre la libertad teórica para elegir y la necesidad objetiva que empuja a una decisión de supervivencia.

La brecha originaria y los gastos fijos

Para entender el fenómeno del endeudamiento actual en los hogares argentinos, es indispensable retornar a un punto de inflexión decisivo: el impacto del ajuste y la devaluación de diciembre de 2023. Aquel reordenamiento de los precios relativos generó un salto en el nivel general de precios que licuó el poder adquisitivo del salario de manera inmediata.

Aunque con el paso de los meses las paritarias y los acuerdos salariales intentaron empatar la carrera contra el índice de inflación oficial, la recuperación quedó atrapada en una ilusión estadística. La canasta que mide el Índice de Precios al Consumidor se estructura sobre ponderaciones que no reflejan con exactitud el peso real que han adquirido los gastos fijos en el presupuesto familiarizado de hoy.

El costo de los servicios públicos, el transporte, las expensas, las prepagas y el alquiler ha crecido a un ritmo muy superior al del promedio general de la inflación. En términos concretos, la porción del ingreso destinada a mantener la infraestructura básica de vida se amplió significativamente, reduciendo a su mínima expresión el margen para el consumo variable o el ahorro.

El límite de la fuerza de trabajo

Frente a la imposibilidad de generar ingresos reales crecientes, la sociedad respondió articulando estrategias individuales de adaptación. La más evidente ha sido la extensión de la jornada laboral. La multiplicación del pluriempleo —personas que suman un segundo o tercer trabajo en la economía formal o informal— se transformó en la norma para los sectores medios y populares.

Pero el tiempo y la capacidad física tienen un límite biológico. Cuando trabajar más horas ya no alcanza para cubrir la brecha entre ingresos y costos fijos, el sistema no ofrece una salida a través del ingreso, sino a través de la postergación del pago.

Es en este punto exacto donde aparece el endeudamiento no como una herramienta de inversión o progreso, sino como un mecanismo de compensación del déficit cotidiano.

El crédito como sustituto del salario

La familia argentina promedio no se endeuda para adquirir bienes durables o proyectar un crecimiento patrimonial. Se endeuda para pagar la comida al final del mes, para refinanciar los servicios básicos o para cubrir el pago mínimo de la tarjeta de crédito con tasas que multiplican el problema hacia el futuro.

Decir que nadie obligó al ciudadano a tomar esa deuda es cierto en un sentido estrictamente jurídico, pero incompleto en un sentido sociológico y económico. La coacción no se ejerce mediante una amenaza directa, sino a través del acorralamiento de las condiciones de vida. Cuando la alternativa a no tomar crédito es el incumplimiento de las necesidades básicas de la familia, la elección deja de ser un acto de libertad plena para convertirse en una respuesta forzada por la circunstancia.

Reflexión final

El sobreendeudamiento privado no puede ser considerado únicamente un fenómeno microeconómico desvinculado de las políticas macroeconómicas. Cuando los salarios no logran restituir la pérdida inicial y los gastos esenciales aumentan por encima de las posibilidades de generación de ingresos, el crédito sustituye al salario.

La discusión de fondo, por lo tanto, no es si los contratos entre privados deben respetarse, sino cuáles son las condiciones estructurales que llevan a millones de personas a recurrir al endeudamiento para sostener su vida diaria. Un modelo que deposita la resolución de la crisis en la capacidad de resistencia individual corre el riesgo de pasar por alto que la capacidad de pago de una sociedad no es infinita y que la estabilidad macroeconómica requiere, indefectiblemente, de la sostenibilidad de la economía familiar.

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