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EL DERECHO DE EXTERMINAR: VENGANZA, JUSTICIA Y RECONCILIACIÓN EN “ATAQUE DE LOS TITANES”

Publicado el

Por Nicolás Salvi.

(Publicado en una versión anterior en lengua italiana en Revista Endoxa el 23 de mayo de 2025)

1. Hay historias que difícilmente esten hechas para concluir. No porque les falte un final, sino porque su final no puede redimir aquello que las hizo posibles. Historias que no admiten reconciliación, porque están habitadas por una lógica más corrosiva, arcaica y, al mismo tiempo, plenamente moderna: el exterminio como forma de justicia.

Ataque de los Titanes (Shingeki no Kyojin, Hajime Isayama, 2009) es una de esas historias. Presentada como serie manga y anime (una de las más vistas y discutidas de los últimos años), su trama puede parecer, al comienzo, una simple alegoría de un pueblo encerrado detrás de murallas gigantescas, un enemigo exterior encarnado en criaturas monstruosas llamadas “titanes”, y un joven protagonista convertido en soldado que jura vengar a su madre, devorada por una de aquellas bestias. Pero esta es apenas la superficie.

A medida que la narración avanza, descubrimos que los titanes no son del todo extraños, que las murallas no protegen tanto como ocultan, y que la venganza personal de Eren Jaeger (el niño convertido en soldado) es apenas el eco de una venganza histórica mucho más antigua y persistente. Aquello que parecía un conflicto entre humanidad y monstruos se devela como una guerra entre pueblos humanos y sus relatos. Cada facción reivindica su propio derecho a la violencia y su propia justificación mítica para destruir al otro.

Pero lo que realmente inquieta es que, en ese universo, el derecho no es presentado como el medio externo de resolución de conflictos, sino como tecnología narrativa del exterminio. Ninguna reconciliación es posible, porque no existe un relato compartido del pasado. Solo hay un mecanismo discursivo que, en nombre de la historia, de la seguridad o de la justicia, autoriza una y otra vez el aniquilamiento del enemigo culpable.

Hay una escena que condensa todo esto sin pronunciar una sola palabra. Un instante suspendido en el tiempo, en el que Eren (ya convertido en profeta del fin) observa a un niño en una ciudad extranjera. Está solo, en lo alto de una torre, el cuerpo inmóvil, el rostro ya endurecido por la decisión. Abajo, el niño camina, juega y aun respira. Todavía no lo sabe, pero esa será su última tarde. Eren lo sabe, pero no hace nada. Observa. Se detiene. Durante algunos segundos, parece que algo dentro de él vacila, o recuerda, o se quiebra. Pero no hay retorno.

Es un acto bíblico. Un dios adolescente que contempla a sus víctimas antes de desatar el fin del mundo. Una escena sin gritos. No hay música épica ni frases solemnes. Solo una calma devastadora. Y, sin embargo, muestra como el ciclo ya se ha cerrado, que la violencia es un proyecto, y que la justicia ha sido transfigurada –en silencio- en derecho de exterminar.

Esa es la culminación de una larga cadena de traumas, traiciones y sagas entrecruzadas. Desde el comienzo, la narración se articula en torno a la promesa de venganza. Una ofrenda infantil, visceral y, sin embargo, racionalizada por todo un aparato simbólico. Aquello que en otro contexto sería un crimen, aquí se convierte en un deber. Aquello que sería duelo, se transforma en programa.

En este punto entra en escena el derecho. El gran sistema de legitimación. Aquella forma superior de venganza que se disfraza de imparcialidad, pero actúa como marco. El derecho hace posible al exterminio. Le da forma, lo ordena y le atribuye una causa. No hay proceso ni reconciliación, pero sí justificación.

En nuestras vidas actuales, donde la reconciliación parece apenas marketing y el castigo una clásica estrategia de política exterior, la historia de Ataque de los titanes  nos recuerda que bajo nuestros andamiajes formales todavía late la vieja tentación de hacer justicia con fuego. Cuando el dolor es histórico y colectivo, cuando el enemigo tiene nombre de pueblo y rostro de niño, el derecho no siempre elige interrumpir la cadena. Más bien, la administra.

2. La modernidad jurídica se edificó sobre la promesa utópica de que el Estado, a través del derecho, habría interrumpido los ciclos de la venganza, sustituyendo el duelo perpetuo por el juicio imparcial, y ofreciendo una forma de reparación institucionalizada. Esta promesa se repite cada vez que un tribunal proclama que “nadie está por encima de la ley”, que un soberano asegura que hará justicia “sin venganza”, o que se le pide a una víctima que confíe en el sistema en lugar de hacerse justicia por sí misma.

Esta obra japonesa hace estallar ese juramento desde dentro. Este muestra, con una brutalidad quirúrgica, cómo esa forma institucional de la justicia puede volverse indistinguible de la venganza cuando es cargada de culpa colectiva histórica. Vemos pueblos enteros marcados por generaciones de humillación, terror y manipulación simbólica. El derecho es, así, un dispositivo que administra el exterminio bajo las vestiduras de la justicia.

Todo comienza con un relato oficial. Según la historia enseñada en las escuelas del imperio de Marley, el pueblo eldiano (capaz de transformarse en titanes) dominó el mundo durante siglos, sembrando destrucción y sometiendo a los demás. Finalmente derrotados por los marleyanos, los eldianos fueron perseguidos, confinados y señalados como portadores de un pecado imposible de redimir.

La mayor parte de ellos vive bajo el rígido control estatal, encerrada en guetos, obligada a portar brazaletes que indican su origen. Incluso los niños son educados para odiarse a sí mismos, y los más obedientes son recompensados con la posibilidad de transformarse en titanes al servicio del ejército que los desprecia.

Pero hay una excepción. Generaciones antes, un grupo de eldianos consiguió negociar la huida hacia una isla remota llamada Paradis. Allí, detrás de tres murallas colosales, se desarrolló una sociedad medieval aislada, sin memoria de su propio pasado ni contacto con el mundo exterior. Eren y sus amigos nacen en esa isla, convencidos de que la humanidad se ha extinguido y de que los titanes que los amenazan son simples monstruos, no sus propios compatriotas transformados.

El conflicto en Ataque de los Titanes comienza cuando esa ignorancia se rompe. Eren y los suyos descubren que el mundo existe más allá de las murallas, y que los odia con locura. Que no son los últimos seres humanos, sino el residuo de una guerra jamás concluida.

Entonces: ¿Cómo se administra ese odio? ¿Cómo se regula la venganza cuando se convierte en un proyecto institucional?

Todo está regulado. Incluso el odio. El aparato jurídico de Marley castiga los actos, pero sobre todo la sangre. La ley organiza la violencia y la proyecta como castigo simbólico y como pedagogía del miedo. Es un derecho de ingeniería del terror.

Sin embargo, del otro lado del mar las cosas tampoco son tan diferentes. La memoria de la ofensa (la ciudad destruida, los amigos muertos y la madre devorada) se transfigura en programa político. Cuando Eren accede poderes cuasi omnipotentes, pasa de la supervivencia al exterminio. Una solución final: el Retumbar, la marcha de millones de titanes de colosales magnitudes para aniquilar a todo el mundo salvo sus compatriotas de Paradis.

Un acto de pura  justificación, cálculo, y ajustado a su derecho. Incluso Eren (quizás el ejecutor más lúcido de una venganza total) no actúa como un asesino solitario, sino como portavoz de la voluntad colectiva. La voluntad del pueblo eldiano perseguido durante siglos y que ahora, finalmente, dice basta. Es homicidio masivo por justicia. O al menos, así se repite hasta el infinito.

¿Pero cuándo la justicia deja de ser tal y solo vemos su parodia? ¿En qué momento el restablecimiento del equilibrio es justificación del aniquilamiento?

La distinción entre justicia y venganza (tan clara en los manuales de derecho) siempre fue porosa, ambigua e incómoda. ¿Es justicia aniquilar a quien aniquiló? ¿Es venganza exterminar a los hijos de quienes alguna vez nos oprimieron? ¿Es posible una reconciliación sin un relato común y sin un lenguaje compartido sobre el dolor?

3. Todo comienza con una promesa personal. El joven Eren Jaeger jura destruir a todos los titanes después de asistir a la masacre de su madre. Rabia pura. Pero incluso esa rabia tiene una forma. Es una furia que da forma a una misión. Su intensidad alimenta la racionalidad. Desde el primer instante, la historia propone que el dolor justifica la destrucción.

Años después, cuando Eren lleva a cabo su primer acto de venganza (matando a la titán que devoró a su madre) lo hace uniformado, bajo órdenes, en nombre de una humanidad que, se supone, debe ser salvada. Forma parte de un sistema. Ese sistema da sentido a su violencia. La transforma en deber.

Pero luego el cuadro se quiebra. Los titanes no son monstruos extraños. Son seres humanos. Más precisamente aún, son eldianos, como él. Víctimas transformadas en armas, utilizadas por el imperio de Marley para mantener la hegemonía global. Entonces la historia cambia de rumbo. Aquello que parecía un enfrentamiento entre especies se revela como un conflicto entre pueblos.

La narrativa de Marley declara a los eldianos como responsables históricos de una época de horrores. Los llama “demonios”. Afirma que sus crímenes pasados justifican su sometimiento presente. No importa que muchos de ellos hayan nacido generaciones después. No importa que no hayan elegido nada. La culpa se hereda. El castigo se aplica. La historia es ley.

No obstante, esa narrativa busca someterlos más que exterminarlos por completo. Marley transforma a algunos en soldados, a otros en armas. La advertencia es que ustedes son aquello que nosotros decimos que son. Incluso los más leales jamás son plenamente aceptados. Siempre hay un límite, una marca, un muro invisible que define quién puede morir y quién puede matar.

Cuando Eren comprende esto, ya no quiere matar monstruos. Quiere destruir el sistema que los produce. Pero a lo largo del camino, su lógica se vuelve idéntica a aquella que pretende derribar. Donde antes había justicia, ahora hay cálculo genocida.

El niño que perdió a su madre se convierte en el adolescente que arrasa ciudades. Las víctimas del pasado se transforman en los verdugos del presente. Lo hacen continuando a hablar de justicia, eternizando la invocación del derecho de su pueblo a vivir. La violencia actualiza su propio lenguaje.

En la isla, los eldianos seguidores de Eren creen que la única forma de garantizar su propia supervivencia es aniquilar al enemigo. En Marley, la brutalidad del Estado se justifica en nombre de una paz global que requiere el control de una “raza peligrosa”. Pero incluso entre quienes se rebelan contra ese raciocinio emergen propuestas extremas.

Zeke, por ejemplo, es un eldiano criado en Marley que se convierte en uno de los titanes más poderosos al servicio del imperio. Desde su posición de privilegio militar, elabora clandestinamente un plan todavía más radical que los de los frentes principales: esterilizar a toda la población eldiana. No más nacimientos, no más titanes, no más guerra. Una reconciliación sin odio, ruido, ni futuro.

Zeke quiere la paz perpetua. Pero su propuesta reproduce la misma lógica que pretende combatir. Un pueblo entero es reducido a un problema técnico. También aquí el derecho se programa como protocolo biopolítico. La reconciliación es administración de la desaparición.

A cada paso, la serie muestra cómo las categorías jurídicas se confunden con las narrativas sacrificiales. Se legisla la culpa, se hereda el castigo y se institucionaliza el odio. El derecho trasfigura todo este ciclo en proceso.

En ese paisaje devastado, el derecho como promesa moderna, superación de la violencia e instancia de reconciliación, es una figura imposible. Cada intento por reconciliar es absorbido por una estructura que ya ha decidido que vivir significa destruir.

4. La historia termina con una promesa cumplida y otra quebrada. Eren lleva hasta el final el Retumbar, o sea, la marcha catastrófica de los titanes colosales que arrasan el mundo exterior. Ciudades enteras son reducidas a polvo, poblaciones completas desaparecen.

Empero, el exterminio no alcanza su objetivo total. Los antiguos compañeros de Eren consiguen detener a este dios del exterminio. Lo matan. Literalmente, lo separan de su propio cuerpo y así desactivan la maquinaria apocalíptica. 

La escena final tampoco ofrece consuelo. Lo que queda son ruinas. Una tumba. Una memoria opaca. Un futuro en el que la violencia prosigue con otros personajes. El epílogo muestra cómo, pese al sacrificio y al supuesto final del conflicto, la guerra regresa. Nuevas banderas, enemigos y ruinas sobre las anteriores. Como si la reconciliación, además de ser imposible, es incluso irrelevante.

¿Por qué fracasa el derecho? Porque ya no existe un sujeto reconciliable. Los cuerpos están demasiado dañados. Las narrativas, demasiado atravesadas por contradicciones. ¿Cómo construir un lenguaje común entre quienes fueron obligados a devorar a sus propios padres, entre quienes crecieron creyendo que eran demonios y justificaron el genocidio como acto de amor? La palabra “paz” es pronunciada, pero suena vacía. No existe institución capaz de absorber semejante densidad de dolor.

Quizás el acto más honesto de este anime sea reconocer que hay historias en las que lo que importa es solo memoria. Que a veces el drama jurídico no llega para resolver el horror, sino apenas para inscribirlo en un expediente imposible, como testimonio de su propio fracaso.

De cualquier forma, seguimos escribiendo. Porque si no hay justicia, al menos pueden existir micro-relatos. Micro-relatos que no oculten la barbarie bajo el lenguaje del derecho. Pequeñas historias que no disfracen la venganza de reconciliación, y que tengan el coraje de mirar el abismo sin llamarlo redención.

5. Años después, entre las ruinas de una ciudad reconstruida, un niño juega a la guerra. Lleva un pañuelo al cuello, dibuja titanes en el suelo, hace explotar edificios con la voz. Su madre lo observa desde la ventana, sin intervenir. Sobre los muros todavía se leen las marcas del último bombardeo: números, siglas e informes.

Nadie se pregunta ya de qué lado estaban los muertos. Las estatuas han perdido las placas y los escombros los nombres. Todo ha sido registrado, clasificado y archivado. El cielo es atravesado por drones que no distinguen si debajo hay juegos o barricadas.

El proceso fue breve. El informe, ordenado. Las víctimas, innombrables. El lenguaje, técnico.

El derecho, intacto.

 

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