Por María José Mazocato.
Tal vez debamos ponernos los lentes – como dijo Howard Ross – y ver a nuestra sociedad a través de ellos…
Cada Mundial abre una disputa que excede al fútbol. En la cancha se juega un torneo; alrededor de ella se enfrentan relatos, identidades y modos de repartir prestigio, culpa y legitimidad. El Mundial de 2026 volvió a colocar a la Argentina en ese territorio. Mientras la selección avanzaba, crecieron las discusiones sobre arbitrajes, intereses comerciales, favoritismos y episodios de discriminación. Parte de ese ruido responde a la desconfianza que despiertan las grandes organizaciones deportivas. Otra parte revela un problema más profundo: algunos países todavía conservan el poder de contar a los demás.
Argentina quedó otra vez bajo una acusación que se extiende con facilidad desde un hecho particular hacia una identidad completa. Un canto, un gesto o una expresión repudiable bastan para presentar al país como una sociedad esencialmente racista. Cuando situaciones semejantes ocurren en naciones que ocupan el centro político y cultural de Occidente, suelen atribuirse a individuos, grupos o circunstancias. Sobre la Argentina, en cambio, la responsabilidad adquiere rápidamente una dimensión nacional. El episodio deja de ser un hecho y se convierte en una definición.
El racismo existe en la sociedad argentina. También existen la discriminación, la desigualdad y una larga historia de invisibilización de pueblos originarios y comunidades afrodescendientes. La construcción del Estado nacional asoció durante décadas el progreso con la europeización e instaló una imagen blanca y occidental del país. Esa herencia todavía actúa sobre nuestra manera de reconocernos. Admitirla forma parte de cualquier conversación honesta sobre lo que somos.
Pero la autocrítica pierde profundidad cuando acepta sin examen las categorías con las que otros nos describen. Una sociedad puede revisar sus injusticias sin entregar la autoridad sobre su propia historia. Puede condenar el racismo sin aceptar que una mirada externa convierta una conducta en esencia nacional. Entre la negación defensiva y la obediencia cultural existe un espacio que la Argentina rara vez ocupa: el derecho a pensarse con palabras propias.
Enrique Dussel dedicó buena parte de su obra a mostrar que la modernidad europea también se construyó desde la conquista de América. Europa pudo representarse como centro de la civilización porque colocó a otros pueblos en la periferia de la historia. Esos pueblos existían, producían cultura y organizaban el mundo, pero su experiencia no era reconocida como una fuente legítima de conocimiento. El centro se reservaba la facultad de nombrar; la periferia recibía un nombre.
Esa distribución del poder no desapareció con el fin de los imperios coloniales. Sobrevive en universidades, medios de comunicación, organismos internacionales y circuitos culturales capaces de transformar una perspectiva situada en medida universal. Conceptos como civilización, desarrollo, democracia o racismo parecen neutrales cuando circulan desde esas instituciones. Sin embargo, nacieron dentro de experiencias históricas concretas y cargan las marcas de quienes tuvieron fuerza suficiente para volverlas universales.
Las Relaciones Internacionales también heredaron ese mapa. Durante mucho tiempo explicaron el mundo desde trayectorias europeas y norteamericanas: Grecia, Roma, la Ilustración, el Estado moderno, las democracias liberales. América Latina aparecía después, como caso tardío, anomalía o región incompleta. La consecuencia de esa narración no fue meramente académica. Un país que aprende a mirarse desde el centro termina interpretando su diferencia como una falla.
En la Argentina esa operación encontró un lenguaje propio: civilización y barbarie. La fórmula ordenó durante generaciones el territorio, la educación y la idea misma de ciudadanía. Todavía persiste cada vez que una experiencia local necesita ser validada afuera antes de adquirir valor entre nosotros. También reaparece cuando aceptamos que otros definan el significado de nuestras contradicciones mientras reservamos para ellos el derecho al matiz.
El debate alrededor del Mundial vuelve visible esta desigualdad narrativa. No hace falta imaginar una conspiración contra la selección ni atribuir cada crítica a una estrategia organizada. El problema es menos espectacular y más persistente. Existen centros capaces de producir interpretaciones que circulan como evidencias, mientras las respuestas de los países señalados aparecen como excusas, susceptibilidades o muestras adicionales de aquello que se les reprocha. Uno nombra; el otro debe explicarse.
La respuesta tampoco puede ser un nacionalismo ciego. Defender la capacidad de narrarnos no equivale a declarar inocente a la Argentina ni a relativizar sus violencias. Una voz propia que se limita a absolverse resulta tan pobre como la mirada extranjera que pretende definirla. La soberanía narrativa exige memoria, capacidad crítica y disposición para reconocer lo que incomoda. Su diferencia está en el lugar desde el que se realiza ese examen y en la posibilidad de discutir las categorías empleadas.
Pensarnos desde América Latina supone recuperar historias que quedaron al margen, escuchar a los pueblos que el relato nacional convirtió en decorado y reconocer que el país real nunca coincidió con la imagen europea que construyó de sí mismo. Supone también conversar con otras experiencias del Sur sin buscar un nuevo centro que reemplace al anterior. La tarea consiste en ampliar el mundo desde el cual pensamos, no en cambiar una obediencia por otra.
El fútbol tiene la capacidad extraña de volver visibles estas tensiones. Durante unas semanas, una camiseta concentra afectos, prejuicios y jerarquías que el lenguaje diplomático suele ocultar. Por eso las discusiones del Mundial importan incluso cuando parecen desmesuradas. En ellas se decide quién tiene derecho a describir, quién debe justificarse y qué relatos alcanzan el rango de verdad.
Argentina necesita combatir el racismo que existe dentro de sus fronteras y discutir la historia que lo hizo posible. También necesita dejar de conocerse únicamente a través de diagnósticos ajenos. Un país contado siempre por otros termina habitando una versión de sí mismo que nunca eligió. Recuperar la voz no borrará nuestras contradicciones. Permitirá, al menos, que esas contradicciones dejen de ser una sentencia escrita desde afuera y vuelvan a convertirse en una historia que todavía podemos disputar.

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