Por Fernando Pérez.
El mundo asiste a un proceso de licuación generalizada, donde las instituciones que ayer daban peso específico a la experiencia humana parecen haberse desvanecido. En esta atmósfera de fragmentación, donde las normas viales se ignoran con la misma ligereza con la que se desoyen las leyes de la república, la sospecha sobre la eficacia de la democracia ha dejado de ser un tabú académico para convertirse en una herida abierta en el tejido social. Quienes hoy expresan su desencanto más radical —aquellos que con justificado hastío señalan que la división de poderes se ha transformado en un eufemismo transaccional y que la política devino en una corporación hereditaria— no hacen más que describir el síntoma de una época.
Hay una profunda verdad en el diagnóstico del desamparo: la sensación de que somos espectadores pasivos ante una telaraña tecnológica y burocrática que nos quita la iniciativa. Sin embargo, el verdadero desafío intelectual no radica únicamente en certificar la defunción de la anciana democracia, sino en dilucidar si estamos ante su fin inevitable o ante la urgencia de su reinvención.
La tentación de la eficacia sin libertad
La crisis de representatividad en Occidente nos obliga a dirigir la mirada hacia modelos alternativos que desafían el canon liberal. El caso de China emerge aquí como una disyuntiva insoslayable. Desde una perspectiva utilitarista, el gigante asiático ha logrado sacar de la pobreza a más de ochocientos millones de personas en pocas décadas, un hito sin precedentes en la historia de la humanidad. Si el fin último de cualquier sistema de organización social es garantizar la dignidad material y la calidad de vida de su población, el modelo de gestión chino —basado en una estricta meritocracia tecnocrática y una planificación a largo plazo— exhibe resultados que muchas democracias occidentales, sumidas en el estancamiento económico y la polarización estéril, ya no pueden ofrecer.
Quienes critican la ausencia de libertades civiles en Pekín a menudo omiten una autocrítica rigurosa sobre la calidad de la libertad en sus propios suelos. ¿Qué tan libre es un ciudadano sumido en la precariedad laboral, el desamparo sanitario o la inseguridad cotidiana? Una paradoja similar se observa al analizar la Rusia contemporánea. A pesar de las severas observaciones de Occidente sobre la alternancia de poder y la prolongada permanencia de su liderazgo, amplios sectores de su población perciben una estabilidad y una mejora en los estándares de vida que contrastan abiertamente con el caos de la transición de los años noventa.
El debate se vuelve aún más espinoso cuando se confronta esta severidad analítica con la indulgencia geopolítica que se aplica a otros actores. Por caso, el gobierno de Ucrania, en un contexto de excepción bélica, ha tomado medidas drásticas de proscripción y persecución de fuerzas opositoras que rara vez reciben el mismo nivel de condena unánime en las cancillerías occidentales. Esta doble vara moral del orden internacional no hace más que alimentar el escepticismo de los ciudadanos comunes. Si las libertades formales no garantizan el bienestar material, y si las democracias consolidadas aplican criterios selectivos para juzgar el autoritarismo ajeno, la idea misma de la democracia corre el riesgo de vaciarse de contenido.
La plutocracia del lobby: el mercado contra el sufragio
En este tejido de desprestigio, sería un reduccionismo ingenuo responsabilizar únicamente a la impericia de la clase política. Existe un factor socioeconómico subyacente que opera como el verdadero disolvente del pacto democrático. Nos referimos a la deriva de un libre mercado concentrado que, abandonado a su propia inercia, tiende inexorablemente a la formación de monopolios. Cuando las estructuras financieras alcanzan ese nivel de hipertrofia, la premisa ilustrada de «un ciudadano, un voto» se transforma en una ficción lírica. En la práctica real, el sufragio de cualquier habitante de a pie termina teniendo menos valor que la capacidad de presión y el lobby sistemático de un puñado de corporaciones y superricos.
La captura de las agendas estatales por parte de intereses corporativos vacía de contenido las instituciones. El ciudadano percibe que, independientemente del signo político que triunfe en las urnas, las decisiones estructurales ya han sido tasadas fuera del parlamento. Esta asimetría de fuerzas convierte a la democracia en una cáscara formal, donde la indignación social se diluye ante la certeza de que las reglas del juego económico las dictan los directorios empresariales y no la voluntad popular.
Caminos para la reconstrucción del contrato social
Asumir que el desencanto actual es irreversible sería resignarnos a un crudo determinismo histórico. El imperativo de nuestro tiempo no es la destrucción del ideal democrático, sino su fortalecimiento mediante una reforma estructural que devuelva el poder real a los ciudadanos a través de mecanismos concretos de revitalización:
Democracia deliberativa y sorteo ciudadano: Inspirado en la sortición de la antigua Atenas, propone la creación de asambleas ciudadanas elegidas por sorteo y estratificadas demográficamente. Estas asambleas, asesoradas por expertos de distintas disciplinas, deliberan sobre temas complejos libres de las presiones del lobby corporativo y de la lógica electoralista a corto plazo de los partidos tradicionales.
Presupuestos participativos vinculantes a gran escala: Devolver la capacidad de decisión sobre los recursos públicos a las comunidades locales. Cuando el ciudadano común decide de manera directa el destino de los impuestos en su territorio, la política recupera su dimensión humana, erosionando la intermediación de la «empleo-manía» burocrática.
Descentralización y gestión de bienes comunes: Frente al gigantismo estatal y la jerarquía vertical, pensadores de la economía política como Elinor Ostrom han demostrado que las comunidades autoorganizadas suelen gestionar de manera mucho más eficiente y justa sus recursos y reglas de convivencia que las estructuras estatales hipertrofiadas, basándose en principios claros de límites, normas adaptadas al entorno, participación colectiva, monitoreo, resolución de conflictos y organización en niveles.
Ante esta encrucijada, la frase expresada por Franz Kafka: «el esclavo quita el látigo a su amo y comienza a darse latigazos para sentirse amo» empieza a resonar con una fuerza abrumadora. El gran peligro de la indignación pasiva es que terminemos reproduciendo los mismos vicios que denunciamos en las mesas de café, entregando dócilmente nuestra autonomía al mejor postor corporativo o político.
El verdadero despertar creativo no consiste en resignarse a la servidumbre, en aceptar la irrelevancia del voto frente al dinero, ni en añorar dictaduras eficientes. Consiste en tener la audacia de inventar un orden nuevo. Un orden más simple, con menos pompa, menos partidos vacíos y más saber hacer; un sistema donde la administración de lo común descanse en la idoneidad y la empatía, y donde el autogobierno individual no sea una utopía, sino el pilar de una comunidad verdaderamente digna.
