InicioComportamientos contemporáneosMuerte a los nombres rebeldes

Muerte a los nombres rebeldes

Publicado el

Por Ezequiel Aráoz Martínez.

Volvía por el centro caminando de la casa de unos amigos, ya entrada la madrugada, después de festejar el día del amigo y, por la calle Santiago del Estero, había una de las columnas de cemento de contención de la esquina de un bar tirada. Al lado, estaba tirado un pedazo del frente delantero de un auto, vidrios y sangre por la vereda. Pasando el mediodía, el informativo contaba que el tipo que chocó el auto había pasado en rojo, subiendo a la vereda previo al choque, y al cruzar la calle perpendicular le arrancó un pedazo del frente al otro auto y chocó contra el local de la esquina, casi arrollando a dos personas y sin destruir el bar por completo solo por las mini columnas de contención de cemento. Solo queda una de las tres que había originalmente en esa esquina, este auto se llevó la segunda. El video se repetía en loop mientras los periodistas hablaban.

Me llamó la atención que no se compartiera el nombre del que decidió jugar a los autitos chocadores durante la madrugada, quien sabe por qué motivo había hecho eso, las opciones eran varias. Pero le presunción de inocencia, o el derecho a la privacidad o alguna ley de protección no permite que su nombre salga, lo que es correcto. El conventillo y el chisme del que en su búsqueda autodestructiva de la entropía ataca el orden social se hace perdigones de una misma escopeta cuando los tiburones del amarillismo intentan cazar una presa para atacar y huelen la sangre en un nombre. Incluso es posible, pese a los insultos que probablemente piense quien ve el programa del mediodía, que no lo haya hecho adrede. Peor el problema no es solo ese.

Cuando la gente encuentra un nombre, se olvida toda presunción de inocencia incluso del inocente. Es decir, cuando se busca al culpable de algo, es porque hubo una víctima del incidente, cuyo nombre parece mucho más fácil de obtener, y como el nombre del posible culpable no aparece hay que buscar un chivo expiatorio y, como el inocente tiene un nombre disponible, sería un desperdicio no usarlo.

Las víctimas pueden ser excelentes culpables con una simple pregunta hipotética sin necesidad de ningún tipo de análisis previo ni reflexión que amerite hacerla: “Seguramente algo habrá hecho”. Cuando el Colo Barco recibe un golpe de Jude Bellingham después del partido de Argentina contra Inglaterra, tenemos nombre y apellido, pero aún así es más interesante indagar el motivo del acto y en la búsqueda del porqué, para no quedarnos sin culpable, miramos al golpeado. A partir de ahí tenemos varias opciones, la más fácil, rápida y de aceptación social casi instantánea consiste en generalizar el comportamiento del que queremos culpar como propio de algún colectivo. A partir de ahí vale todo. Con el Colo puede ir una frase como “Sí. Los argentinos son así, seguro algo le dijo porque no se pueden callar”.

La periodista del accidente estaba charlando con el móvil en vivo al lado del bar e instintivamente decidió preguntar si el que iba conduciendo era joven. La negativa de la respuesta pareció sorprenderla y la obligó a cerrar más rápido la nota. Culpar a la juventud viene siendo una respuesta segura en Tucumán. De alguna manera vamos decodificando el modus operandi a la hora de mostrar una dinámica víctima-culpable de la siguiente forma: 1. Elegir cuál de los dos encaja más con la portación social de culpa; 2. Generalizar el colectivo del culpable elegido; 3. Culpar al colectivo; 4. Sugerir castigos para el grupo. Todo en un marco hipotético porque el castigo real sería injusto si no hay culpable definido. Aunque quizá los daños sociales y mediáticos podrían caracterizarse como castigos, pero no parece un debate tan importante en la dinámica, pensar en daños colaterales mientas hablamos es más difícil de vender ya sea en un medio de comunicación, en una conversación casual, en un debate de almuerzo. Hasta que tengamos la historia completa y el nombre que necesitamos, basta con obtener alguna característica del involucrado y emparentar esta característica con la culpa.

Hoy hay una preocupación incipiente por la posverdad y las fake news con la era de la inteligencia artificial, pero no hace falta una red neuronal de algoritmos para jugar a ser juez, esparcir un rumor, construir un estereotipo para una comunidad y a partir de allí proponer cómo operar para reprimir la conducta anormal. La tendencia clasificatoria en grupos enemigos forma parte de una estrategia civilizatoria que Foucault supo estudiar en Europa, donde pensó en la escuela, la cárcel y el manicomio como dispositivos de normalización. A fin de cuentas, no nos importa qué es lo verdadero, si no qué es lo normal, lo cotidiano, lo que encaja con la narrativa que esperamos que pase.

No es nuevo pensar que vivimos sometidos a una guerra contra lo anormal porque atenta contra el orden social, pero pareciera que lo olvidamos y estamos en una carrera de vuelta a las viejas tradiciones de lo socialmente aceptable mientras los capítulos de la obra de Marqueses de Sade actuales se filtran por X repetidamente, hasta que se vuelva (o se volvió) normal ser el Marqués de Sade.

Eso parece ser lo nuevo. La fragmentación repetitiva: Ahora que tenemos grupos enemigos debemos consolidar grupos aliados, crear el estereotipo del enemigo y definir lo normal para “nuestro” grupo. Y en ese “nosotros” y “ellos”, ponemos datos en la licuadora algorítmica hasta que la cámara de eco de las redes nos deja tranquilos y satisfechos como para que cuando salgamos a la realidad escuchemos solo a los que forman parte de la burbuja o a los que tienen burbujas similares, caso contrario serán enemigos y sus nombres deberán ser publicados para el escrutinio público, alguna cosa deberán haber hecho.

En esta nueva dinámica de fragmentación repetitiva se crea un bucle donde cada vez hay más anormalidades porque hay cada vez más grupos que rivalizan por la hegemonía de lo correcto, y en la búsqueda de la normalidad, lo correcto es simplemente buscar un culpable que, aunque no nos demos cuenta, busca una normalidad muy similar a la de mi grupo de pertenencia en una gran espiral homogeneizadora, que a la vez subraya que todos somos distintos, para que veamos en el otro algo anormal. Algo sospechoso, un aire de culpa, por las dudas. De ese modo es importante celebrar las diferencias, así saltan a la luz, no vaya a ser que forcemos su inclusión sin darnos cuenta.

Ya no es necesaria la escuela, el manicomio o la cárcel, porque podemos fomentar las cámaras de eco con las redes en un celular mientras vamos en el transporte público y reforzarlas en las conversaciones diarias y en los medios de comunicación donde la lógica de la cotidianidad tiene que ver con encajar, y mientras unos anormales se pelean con otros, unos pocos normales son dignos de admiración para uno que otro grupo, como en un secundario de una película estadounidense, casualmente, donde parece que los actores nunca eligen al protagónico, siempre hay director para eso. 

No todo está perdido. A veces pasa que el chico popular que quiere ser auténtico y la chica inteligente que tiene otras dimensiones en su personalidad se enamoran y son felices. El tema es que en la película se entera toda la escuela. En el mundo que busca ser normal, la felicidad pasa desapercibida. Y, aunque el estereotipo hollywoodense reproduce los algoritmos eliminando las aristas de las identidades, basta un poquito de pólvora para encender la mecha del deseo.

Quizá sea momento de encontrar grandeza en lo que sale de la norma y declarar líderes a los rebeldes como en otros tiempos. Abandonar la cacería de nombres y construir una nueva forma de ser que se distinga, no por buscar culpables sino por definir nuestra propia identidad. Ya que hicimos un bucle temporal, al menos elijamos un tiempo más feliz. Habrá que volver a disputar la normalidad, hasta que Creep de Radiohead vuelva a sonar en la radio y llegue al top 10 global. Y no hablo de la tradición como rebeldía, habrá que volver a explicar que es un oxímoron en los colegios.

2 COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

últimas noticas

El paraíso perdido

Por José Mariano. «La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer...

ARGENTINOFOBIA

Por Fabricio Falcucci. “Durante décadas, el fútbol fue, sobre todo, una competencia entre selecciones nacionales....

La moral del saqueo

Por Enrico Colombres. “Se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y...

La República exige ciudadanos

Por Fernando Crivelli Posse. “La libertad no se pierde únicamente cuando aparece un tirano. También...

Más noticias

El paraíso perdido

Por José Mariano. «La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer...

ARGENTINOFOBIA

Por Fabricio Falcucci. “Durante décadas, el fútbol fue, sobre todo, una competencia entre selecciones nacionales....

La moral del saqueo

Por Enrico Colombres. “Se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y...