Por Martín Delacroix.
«En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso.»
Guy Debord
El secreto fue una razón de Estado. Ahora es un género narrativo
Durante semanas las redes sociales argentinas discutieron nombres, fotografías, vínculos, relaciones y operaciones. No se debatían programas económicos ni proyectos institucionales. Tampoco estrategias diplomáticas o hipótesis de conflicto. Lo que capturó la imaginación pública fue otra cosa: la figura de las espías jóvenes, sofisticadas, atractivas, vinculadas al mundo de la inteligencia y al ejercicio silencioso del poder.
La fascinación fue inmediata.
No porque la inteligencia estatal sea una novedad.
Sino porque la inteligencia adquirió estética.
La política contemporánea descubrió hace tiempo que los hechos importan menos que las narraciones capaces de organizarlos. Y toda narración necesita personajes. El estratega. El traidor. El operador. El filtrador. El funcionario en las sombras. La política dejó de consumirse como ideología para comenzar a consumirse como relato.
La inteligencia no escapó a esa transformación.
También ella se convirtió en ficción serial.
Durante buena parte del siglo XX el espionaje perteneció al territorio gris de los archivos clasificados, las embajadas, los informes mecanografiados y las conversaciones en habitaciones sin ventanas. La Guerra Fría produjo toda una iconografía del secreto: hombres de traje oscuro, valijas diplomáticas, micrófonos ocultos y fotografías desenfocadas tomadas a la distancia.
Hoy el secreto tiene otra estética.
Se parece menos a John le Carré y más a Netflix.
La operación de inteligencia comparte lenguaje visual con las series, las plataformas y las redes sociales. El espionaje dejó de parecer una burocracia estatal para convertirse en una industria narrativa poblada por personajes que circulan entre la política, los medios y el espectáculo.
Quizás por eso las supuestas espías generan tanta fascinación cultural. No representan únicamente el poder. Representan el misterio del poder.
Y el misterio se ha vuelto un bien escaso.
Byung-Chul Han sostiene que vivimos bajo el imperativo de la transparencia. Todo debe mostrarse, exhibirse y explicarse. Los individuos exponen sus opiniones, sus consumos, sus vínculos afectivos y hasta sus estados de ánimo con una naturalidad que habría resultado impensable apenas dos décadas atrás.
La opacidad se volvió sospechosa.
El secreto comenzó a parecer una anomalía.
Quizás por eso la imaginación contemporánea se siente irresistiblemente atraída por aquellos espacios donde todavía creemos que existen conversaciones a puertas cerradas, decisiones invisibles y habitaciones a las que no tenemos acceso.
La fascinación no se dirige hacia las personas.
Se dirige hacia el acceso restringido.
Hacia la posibilidad de que todavía exista un detrás de escena.
Jean Baudrillard advirtió que las sociedades contemporáneas producen más información de la que pueden convertir en sentido. Tal vez por eso el secreto resulta tan atractivo: introduce nuevamente la posibilidad del vacío, de la ausencia y de aquello que permanece fuera del campo visual.
La transparencia absoluta produce aburrimiento.
El misterio produce relato.
La política comprendió rápidamente esta mutación cultural. Las disputas públicas comenzaron a organizarse menos alrededor de ideas y más alrededor de operaciones, filtraciones, internas y traiciones. La pregunta central dejó de ser qué piensa alguien para convertirse en para quién trabaja, con quién se reúne o quién lo respalda en las sombras.
La política se volvió una serie.
Y toda serie necesita conspiraciones.
Guy Debord escribió que la sociedad del espectáculo no oculta la realidad sino que la reemplaza. Tal vez algo parecido esté ocurriendo con nuestra relación con el espionaje. Ya no nos interesa tanto la inteligencia como práctica estatal concreta sino la inteligencia como imaginario estético.
Consumimos secreto.
Consumimos sospecha.
Consumimos misterio.
El espionaje se transformó en un producto cultural.
Y como todo producto cultural contemporáneo, necesita personajes reconocibles, narrativas simples y una circulación permanente de imágenes capaces de sostener la atención pública durante algunos días antes de ser reemplazadas por el próximo episodio.
Quizás la pregunta más interesante no sea si las historias son ciertas.
Tampoco quién trabajó para quién.
La pregunta verdaderamente contemporánea es otra.
¿Por qué necesitamos creer que todavía existen habitaciones a las que no podemos entrar?
Tal vez porque en una época que convirtió la exposición en norma y la transparencia en virtud, el secreto permanece como una de las últimas formas posibles del encanto.
Y toda sociedad necesita, tarde o temprano, volver a enamorarse de sus misterios.
