Por Emilio Martin.
El libro le llegó de manos de su mejor amiga. Se lo había regalado para asistirla en este momento tan difícil. Hacía poco había perdido a su esposo y debía hacerse cargo de su madre y sus dos hijos pequeños. Por eso recibió de buen grado el obsequio. Su amiga era adepta a los libros de autoayuda; gran parte de su biblioteca estaba poblada por ese tipo de literatura. Antes de irse hacia nuevos horizontes se lo alcanzó. Ellas vivían a miles de kilómetros de un país donde se repite como un mantra: “Al mal tiempo, buena cara”. Pero el sentido del regalo era el mismo.
Ella se abocó a la tarea de leerlo casi con desesperación. Noche tras noche lo tomaba de la mesa de luz. Al leerlo compensaba, aunque fuera en una pequeñísima parte, la ausencia de su compañero al otro lado de la cama. Leía hasta que los párpados se rendían. Entonces apoyaba el libro en la mesita de luz, apagaba el velador y algunas veces lograba conciliar el sueño. Otras, en cambio, la arrasaba un tsunami de tristeza. La ola barría con toda la calma que había alcanzado y la conclusión era que pasaría otra noche en vela.
A veces se preguntaba por qué el libro no le proporcionaba la paz que tanto necesitaba. Su amiga le había recalcado que, de todos los que había leído, este era el que ofrecía los mejores recursos para superar la angustia y las pérdidas. El éxito que lo acompañaba —con infinidad de traducciones que habían abrazado al mundo entero— se debía a su capacidad de dotar al lector de herramientas para estar mejor.
Por momentos lograba algo parecido a un remanso, un territorio mental de serenidad. Pero pronto las tribulaciones, las penurias económicas y afectivas volvían a vencerla. Le resultaba muy difícil alejar los pensamientos negativos y sobre todo, generar otros positivos. Se preguntaba si el problema era suyo, si no lograba captar los conceptos, o si debía llegar al final del libro para alcanzar el objetivo. Era una lucha sorda que libraba para mantener a flote la esperanza. Dicen que es lo último que se pierde y en ella el axioma se cumplía al pie de la letra.
Más aún, ahora que en el mundo la felicidad se ha convertido en el imperativo de la hora. Se ha llegado al punto de recomendar desde los más altos organismos internacionales que la felicidad sea medida en detrimento de las riquezas que los países puedan producir. La ONU impulsa activamente el movimiento “Más allá del PBI” y publica el Informe Mundial de la Felicidad. De allí a hacer responsables a los individuos de su felicidad hay un paso, y ya lo han dado. Así, quienes padecen penurias, son responsables por no generarse pensamientos positivos.
Y así estaba ella, tratando como Sísifo de llevar la piedra hasta la cumbre. Esto era, generarse un estado de bienestar que no lograba conseguir. Buscando las razones que le impedían alcanzar los resultados esperados abordaba todo tipo de explicaciones. Algunas lógicas, otras descabelladas. Entre las que se le ocurrieron surgió una que parecía reunir los requisitos. Y era que tal vez la falta de eficacia se debiera a un problema geográfico.
Las plantas, por ejemplo, requieren de un terreno propicio para desarrollarse. Y no necesariamente debe ser un suelo fértil: la vid con la que se produce el vino Malbec, encontró su esplendor muy lejos de su lugar de origen en Francia, y fue en las áridas tierras de Mendoza. Quizás ocurriera lo mismo con los libros: hay lugares donde no logran ser efectivos.
Ella, sin embargo, no podrá dilucidar el interrogante. El libro yace bajo una montaña de escombros, en lo que hasta ayer era su casa, derribada por un misil. Allí también quedaron sepultados su madre y sus hijos.
Indudablemente hay latitudes donde a los libros de autoayuda se les dificulta su labor.
- – Es integrante de los Talleres CuentaCuentos de Daniel Petasne
