De jeta

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Por Daniel Posse. 

El cañaveral no era tierra de Dios a esa hora, sino un laberinto de hojas filosas y sombras masticadas por la noche profunda del monte tucumano. El aire pesaba, cargado de un olor dulzón y rancio: una mezcla de melaza fermentada y rastrojo podrido que se pegaba en la garganta. Clementina caminaba apretando el cabo de madera de su machete, sintiendo el frío del acero contra la palma sudada. Iba a pelar caña en el turno del alba, adelantándose al resto para asegurar unos pesos más y desafiando el rumor que corría por las galerías del ingenio: que el patrón había renovado el pacto y que el precio de la zafra de ese año se pagaba con sangre. Llevaba la pava de aluminio tiznada colgando; no veía las horas de llegar a hacer fuego junto al surco y preparar el mate cocido para sentir algo caliente entrarle por la garganta e inundarle el estómago. Por momentos, la bolsa donde llevaba el pan bollo le golpeaba la cintura.

La luna, un tajo pálido entre las nubes negras, proyectaba un resplandor espectral sobre el suelo fangoso. El silencio del monte y del cañaveral era absoluto, una quietud antinatural que ponía los pelos de punta; ni el canto de un grillo ni el aleteo de una lechuza echada a volar. La inmensidad de las cañas en fila por instantes la hacía sentir que surcaba una suerte de laberinto. De pronto, la brisa trajo un sonido sordo, rítmico, un arrastrar pesado que hacía crujir la broza seca del suelo. Clac. Clac. Clac. El tintineo metálico de una cadena arrastrándose entre los surcos congeló los pasos de la mujer.

Clementina se pegó a una cepa de caña, aguantando la respiración. Frente a ella, donde el callejón del cañaveral se angostaba y la oscuridad se volvía más densa, la negrura pareció cobrar forma, condensándose en una silueta descomunal. No era un simple perro negro; era una aberración parida por el mismo infierno. Tenía el tamaño de un toro joven, con el pelaje espeso y mugriento apelmazado por el barro negro, como si las cenizas y el hollín del ingenio lo hubieran vestido. De su cuello grueso colgaba una cadena herrumbrada cuyos eslabones, al chocar, repicaban con el eco de una campana funeraria. Pero lo que derramó el terror puro en las venas de ella fueron sus ojos: dos carbones encendidos en un fuego escarlata y lúgubre que no iluminaban la noche, sino que la consumían. Al respirar, la bestia exhalaba un vaho caliente y fétido, con olor a azufre y a carne humana descompuesta.

El Familiar se detuvo a pocos metros. Olfateó el aire, alzando el hocico colmado de colmillos amarillentos que goteaban una baba espesa. Clementina sintió que la mirada roja de la fiera atravesaba las cañas y le clavaba las garras directamente en el alma. Esos ojos de fuego la miraban como si le atravesaran el espíritu y le astillaran los huesos. El encuentro parecía predestinado. Cara a cara se medían, mujer y demonio, en una suerte de víspera de batalla. Había en esa fijeza algo más que horror: una corriente subterránea y violenta que los unía, el magnetismo de la presa que reconoce a su verdugo y queda prendada de su poder. Volvió a mirarlo, cara a cara, jeta a jeta, en un acto que parecía un ritual en el que hasta parecía existir cierto inicio de un apareamiento, una entrega forzosa donde la carne tiembla ante lo soberano. Es que el miedo y la valentía se entrelazan como el deseo y la muerte, dos caras de una misma moneda que se funden cuando el fin está cerca.

Clementina Suárez recordó allí las historias repartidas a la orilla del fuego, en medio de la cocina del rancho rodeado de quinchas. A medida que crecía, fue adquiriendo cierto descreimiento de las mismas, como si la adultez llevara consigo implícita la duda; pero la verdad es que siempre la mezcla entre la verdad y la fantasía la marcaba, dejándole una huella que la llevó con los años a volverse un poco revoltosa.

Las piernas le temblaron; el frío de la muerte la envolvió en un abrazo gótico y sofocante. La bestia dio un paso al frente, haciendo crujir la tierra, y emitió un gruñido espectral que vibró en el pecho de la mujer como un trueno subterráneo. El demonio del ingenio reclamaba su tributo. No importaba que fuera una mujer desvalida, ni que su vida estuviera marcada por la desgracia y el sufrimiento de un destino de infortunio. Quizá, justamente por esto, es que el designio la marcaba como parte del tributo.

Con el último aliento de coraje que le quedaba, Clementina levantó el machete —que desde hacía tiempo era sagrado, cuya hoja había sido bendecida con agua santa en la iglesia del pueblo— y susurró una oración desesperada. El Familiar fijó sus ojos de fuego en el destello del metal plateado. Durante un segundo eterno, la fiera pareció sopesar el alma de la peladora. Luego, con un movimiento lento y monstruoso, dio media vuelta y se hundió de nuevo en la espesura del cañaveral, dejando tras de sí el eco agónico de su cadena arrastrada y la certeza de que el ingenio siempre, tarde o temprano, se cobra lo que le pertenece. Detrás de ella, la luz del nuevo día irrumpía leve, pero resplandeciente.

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