Verba sunt res

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Por Daniel Posse.

Las palabras son las cosas

El Ente Cultural de Tucumán: Entre la Realidad Institucional y el Vacío Imaginario

El concepto de ente encierra una dualidad perfecta para analizar la realidad de nuestra provincia. Desde la filosofía, un ente es aquello que posee existencia, ya sea de forma concreta y tangible o puramente imaginaria e ideal. Por otro lado, en el ámbito jurídico, un ente es una repartición oficial del Gobierno de Tucumán, estructurada para ejecutar políticas públicas.

Quizás esta mirada sea meramente subjetiva o esté sesgada por la frustración de ver el potencial desperdiciado de nuestra tierra; cabe la posibilidad de estar un poco ciego ante ciertos esfuerzos oficiales y cometer un error de apreciación. Sin embargo, a simple vista y desde lo que se observa cotidianamente en la calle, el Ente Cultural de Tucumán parece operar más cerca de la ficción que de la realidad. La persistentemente señalada falta de recursos y de acciones concretas lo empuja a comportarse como un ente imaginario: existe en los papeles y posee autoridades, pero su efectividad real se disuelve para la comunidad artística tucumana.

Es fundamental aclarar que esta observación no responde a una cuestión personal. De hecho, mantengo una excelente relación con mucha gente valiosa que trabaja allí dentro y a quien respeto profundamente. Esta reflexión nace, por el contrario, de la firme convicción de que hacer una crítica constructiva es el único camino para mejorar las cosas, siempre y cuando exista la voluntad institucional de escuchar de manera genuina.

El amiguismo en las direcciones y el sesgo de la gestión

Uno de los reclamos más recurrentes dentro del sector independiente apunta de manera directa hacia los funcionarios que están a cargo, o que estuvieron en las de las distintas direcciones del organismo. Da la fuerte impresión de que las decisiones, la distribución de subsidios y la asignación de espacios parecen favorecer siempre a los mismos tres amigos de turno.

Este círculo cerrado de beneficiarios habituales asfixia la pluralidad artística de la provincia. En lugar de diseñar políticas públicas equitativas y transparentes, da la sensación de que las direcciones sectoriales tienden a replicar una lógica de club privado. Así, se priorizan los vínculos personales o de afectidad política por encima del mérito (digo afectividad y no efectividad, porque en eso a la hora que se necesitan carecen de convocatoria e ideas), la trayectoria o la urgencia de los proyectos emergentes, consolidando un esquema de exclusión que desalienta a los nuevos creadores locales.

El contraste regional: Ferias exitosas en el NOA y las delegaciones cerradas

Esta falta de vuelo político se vuelve inocultable al levantar la vista y mirar a las provincias vecinas. Uno se pregunta —insistiendo en que puede ser una visión equivocada— cómo puede ser posible que el resto del NOA ostente eventos de gran escala, como la convocante Feria del Libro de La Rioja, o los exitosos encuentros literarios en Salta, Santiago del Estero, Catamarca y Jujuy, mientras que en Tucumán las iniciativas oficiales terminan resultando esquemas de bajo impacto y escasa convocatoria.

Lo más llamativo de esta dinámica es que el organismo tucumano sí gasta presupuesto en enviar comitivas oficiales y funcionarios a estos encuentros regionales. Sin embargo, lo que se percibe desde afuera es que la verdadera diversidad de escritores tucumanos jamás es invitada a participar de esas delegaciones (la inmensa diversidad de escritores que posee Tucumán que ni siquiera son invitados a eventos dentro de la provincia). Los viajes parecen reservados para un grupo selecto de firmas alineadas o para la propia burocracia de turno, dejando al margen a las voces independientes, emergentes y diversas que verdaderamente representan la riqueza literaria actual de la provincia.

Frente a este aislamiento interno, la gestión ensaya manotazos de ahogado buscando sumar a las escuelas primarias y vincular la educación formal con las producciones locales. Pero estos intentos chocan de frente con una realidad dramática: atravesados por la crisis actual, los alumnos de las escuelas públicas pocas veces pueden comprar un libro porque apenas tienen para comer. Es precisamente allí donde debería estar el Estado con un rol activo. Las políticas públicas tendrían que garantizar el presupuesto necesario para que la producción artística tucumana sustente y nutra a la escuela pública, permitiendo que las obras lleguen a las aulas de forma gratuita y que los autores locales cobren de manera digna. Al carecer de esta visión, la articulación planteada desde los escritorios oficiales se reduce a un mero anuncio burocrático inviable en las aulas reales.

El desamparo de las industrias culturales y la necesidad de un trabajo conjunto

Este escenario desnuda el escaso o nulo apoyo que reciben las industrias culturales locales. Las editoriales independientes, los realizadores autogestivos, las salas de teatro alternativo y los artesanos tucumanos sobreviven desamparados, sin herramientas de fomento reales ni canales de comercialización protegidos por el Estado.

Lo verdaderamente valioso y transformador sería empezar a trabajar en conjunto, derribando las barreras del sectarismo político. Una gestión cultural efectiva debería diseñar mesas horizontales de planificación que incluyan la diversidad de voces, artistas y escritores de la provincia. Sostener la cultura local implica democratizar los recursos y entender que la identidad tucumana no le pertenece al funcionario de turno, sino a la totalidad de sus creadores.

Precarización edilicia y el fantasma de la sanción

Esta lógica de prioridades distorsionadas impacta directamente en la infraestructura cultural. El icónico Teatro San Martín y otras dependencias clave del organismo sufren un proceso de precarización que se agrava cada día más. Los problemas edilicios, las deficiencias técnicas en sonido e iluminación, y el desgaste generalizado de las salas limitan gravemente las posibilidades de producción.

Lo más grave es el clima de tensión laboral que se respira. Lo que se percibe en el ambiente es que cada vez que un colectivo de artistas reclama por estas condiciones de trabajo, si tienen una relación de dependencia con el Estado o con el área de Cultura, son sancionados o castigados de alguna forma. Ya sea mediante traslados arbitrarios, el quite de horas, el congelamiento de proyectos o el sutil «congelamiento» institucional, la respuesta al reclamo legítimo parece ser el disciplinamiento. Los trabajadores y los cuerpos estables sostienen la actividad a base de esfuerzo propio, pero bajo el temor constante a las represalias burocráticas si visibilizan el vaciamiento del sector.

Gastos inadmisibles y la figura del gestor parasitario

La histórica justificación de la «falta de presupuesto» se debilita cuando se observa en qué se gastan los fondos existentes. Resulta doloroso ver cómo se destina dinero a cosas que a veces parecen inadmisibles, financiando eventos de cotillón político o privilegios internos mientras lo importante se cae a pedazos.

Bajo este amparo institucional se sostiene a supuestos gestores que, lejos de dinamizar la escena, terminan vendiendo humo y funcionando de manera parasitaria. Si bien no son todos —ya que existen honrosas excepciones dentro de la gestión—, este grupo de oportunistas drena los recursos de la provincia sin aportar valor real. Su única pericia radica en justificar su propia permanencia mediante discursos vacíos y proyectos de fachada que jamás impactan en el territorio ni modifican la realidad de los hacedores culturales.

El capital humano desaprovechado: La parálisis interna

Lo más trágico de esta parálisis institucional es que el Ente Cultural cuenta con mucha gente muy valiosa dentro de sus plantas técnicas, administrativas y artísticas. La repartición alberga a profesionales idóneos, gestores con experiencia y creadores comprometidos que conocen a fondo las necesidades del territorio tucumano.

Falta de autonomía técnica: El personal de base se encuentra atado de manos por directivas verticales que priorizan la burocracia sobre la acción.

Frenos administrativos: Los proyectos viables nacidos desde los propios empleados quedan encajonados por la falta de firmas o decisiones políticas.

Desmotivación general: La imposibilidad de ejecutar ideas innovadoras debido al sesgo de las cúpulas termina desgastando el valioso capital humano del organismo.

Hacia una mejora colectiva: La cultura como construcción abierta

El diagnóstico de la realidad cultural tucumana no busca la destrucción de la institución, sino su urgente rescate. La salida de esta parálisis no vendrá de la mano de un presupuesto mágico, sino de una profunda reforma metodológica y ética en los modos de gestión.

Para transformar este panorama y construir una auténtica mejora colectiva, se vuelve indispensable avanzar sobre tres ejes fundamentales:

  1. Apertura de concursos y convocatorias transparentes: Desplazar el amiguismo mediante jurados externos y evaluaciones basadas en el mérito, la trayectoria y el impacto social del proyecto.
  2. Mesas de gestión compartida: Convocar a los trabajadores del Ente, a los cuerpos estables y a los colectivos artísticos independientes a mesas horizontales de planificación sin temor a represalias institucionales.
  3. Redirección de recursos hacia lo esencial: Frenar los gastos superfluos y priorizar la inversión en la infraestructura edilicia del Teatro San Martín, el fomento a las industrias editoriales locales y el financiamiento de programas de distribución gratuita de libros en las escuelas públicas.

El Ente Cultural se debate hoy entre lo que dictan sus estatutos y la cruda realidad de la provincia. La crítica constructiva busca ser la herramienta que lo despierte de su inercia burocrática, permitiendo que deje de ser un espacio cerrado de privilegios y se transforme en el motor real, plural y colectivo que la riqueza cultural de Tucumán merece.

Aclaro, que creo sin que sea necesario que no estoy del lado opuesto de la grieta que gobierna supuestamente Tucumán, que lo que digo es porque me duele la realidad cultural tucumana, que es una de las actividades que más pueden contener y desarrollarse y que una industria cultural genuina creo trabajo, donde el restado posee un rol esencial para mí. Y para cerrar esta columna me pregunto: ¿Dónde quedó la fortaleza de Tucumán en la cultura que era un faro en el NOA?

 

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